martes, 23 de septiembre de 2008

Letras muertas

Le gustaba escribir. Mucho. Estallaba en palabras cuando todo él se hinchaba en rabia e impotencia. Escupía paisajes, maldecía personajes, mataba a la muerte en cada párrafo que redactaba. La sangre que fluía desde su estomago a su cabeza se derramaba por sus dedos dando forma a las mas maravillosas figuras del miedo y el dolor. Como un dios, creaba la belleza del más pútrido barro. Se sumergía en los pantanos de las miserias humanas y reaparecía entre camalotes infectados con las manos llenas de colores e imágenes. Su boca, corazón y estomago solo sabían hablar con esas manos calientes y áridas de acariciar el desierto. Manejaba todo tipo de sinónimos y verbos para dar cuerpo a la angustia y el dolor. Conocía el otro lado del charco de zanja, había viajado a las pesadillas del insomnio, se había codeado con los monstruos que salen a babear las noches cerradas, sabia esconderse en los engranajes del viejo reloj de pared de madera húmeda y abichada sin ser golpeado por el péndulo, había dormido junto a los gusanos de la carne podrida y se había levantado con las moscas... y todo, todo, lo hacia bello con sus palabras. Sabía de su don, sabía que aunque agonizara no cruzaría la línea, siempre al borde del precipicio, mientras sus palabras siguieran combustiendo la basura. Sabia su don, sabia que su acido corroía los ojos de quienes lo leían, y sabia que a través de las cuencas que quedaban vacías podía penetrar las miserias de los otros y alimentarse de ellas sin que le opusieran resistencia. Sabia de su don, y temía de el.
¿Sin el? ¿Se volvería un hombre normal y corriente imposibilitado de metabolizar el cementerio del mundo para terminar entonces bajo una lápida, enterrado en vida? Aprendió a vivir entre muertos insepultos para no mirar a los ojos al sol. Salía de noche. Reptaba. Se camuflaba. Se retorcía de dolor hasta que vomitaba bilis textual. Era feliz, de alguna manera, sabiéndose con el don de saber que estaba medio muerto y mostrarle al resto un enorme espejo de letras para que se espantaran al verse putrefactos. Todo buen sentimiento cargaba una beta de ansiedad dolorosa perspectiva de fin del mundo. Rebosado en espinas con mercurio.
Los senderos profundamente marcados limitaban con cercas artificiales, de siniestro aspecto, custodiadas por espectros del pasado. Nadie osaba asomarse, fuera de la senda, se rumoreaba, las arenas movedizas te tragaban, cuanto mas te movías mas te hundías hasta ahogarte, hasta llenar tus pulmones de granitos de roca acumulados por la erosión de remotos tiempos inmemoriales. Nadie osaba caminar fuera del camino. A él le llamaba la atención. Le inquietaba el desafío y fantaseaba cada tanto con escapar al otro mundo mientras seguía sus días, riendo soberbia sobre los rostros anémicos de vida.
Todo parecía ya tan normal. Pero un día se cansó. Ya no le daba satisfacción ser un muerto vivo conciente de estar medio muerto entre los muertos vivos muertos. No le resultaba interesante, la adrenalina del límite de la locura se había evaporado y comenzaba a faltarle el aire. Necesitaba nuevos desafíos para no terminar de morir. Sentía y reflexionaba mientras jugaba con un pájaro sin alas, sentado sobre una piedra cubierta de musgo. Miró la cerca. Entornó los ojos al ver un extraño destello entre los tentáculos de los petrificados árboles que hacían de división. El desafío le resultó sabroso. Enfrentarse, salir de verdad de la senda y volver para contarlo. Su don se inflamó de soberbia extrema, el podía hacerlo. Se levantó y avanzó decidido, se abalanzó sobre la cerca y lanzo el pájaro contra el cielo, en un último intento de que aprenda a volar, antes de desaparecer tras la pared que se desvaneció a su paso. Aspiró aire profundamente, preparándose a pelear con el destino del pulmón arenado, pero ninguna arena movediza lo tragó. Se retorcía ridículamente en el piso, en arenas imaginarias, cuando una mano lo tomo del hombro y lo sacudió.
- ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
- ¿Yo? ¿Ayuda? Pronunció sin mirar la voz que le hablaba... el no miraba a nadie desde el piso.
- Perdón... me pareció...
- Gracias. Perdón por mis modales. De allí de donde vengo, hay que perderlos para poder sobrevivir. Nadie te ofrece ayuda.
Le resultó un personaje extraño. Un hombre revolcándose en el piso con lodo y musgo pegados en la piel es algo que no se ve todos los días. De todas maneras lo ayudó a levantarse mientras él intentaba zafarse de sus manos. Una vez de pié la miró a los ojos. Se sintió desnudo. Para protegerse se presentó escupiéndole un mundo de lagañas y almas penantes... pero no logró quemarla. Seguía mirándolo fijo y hasta sonreía con gesto de compresión. El arremetió nuevamente, con artillería más pesada, y le habló de la muerte, del dolor, del sufrimiento de los hombres, del destino de bacterias y hongos corrompiendo la carne. Pero nada. Sus ojos no se habían vaciado con el ácido y lo miraban fijamente, con cierto grado de sorpresa y deleite.
- Lindas palabras. Una lengua muerta, palabras caducas... pero suenan bien. Estremecen, como el mundo. Ahora me voy, si necesitas algo llamame... no somos muchos de este lado, sabrás donde encontrarme. Y yo sabré quien sos, porque tardarás en sacudirte de la ropa y el pelo la viscosidad del barro del cementerio.
Confundido, la tomó de la cintura y le pidió que se quedara. Se sintió humillado al pedirle por favor... pero necesitaba entender lo que pasaba. La luz lo mareaba y se sentía ahogado sin el olor a putrefacción colgando en el aire. La voz que le hablaba no era cavernosa y tenía hasta una pequeña melodía en las palabras. Unas luces suaves, cálidas, en cada articulación de sus labios. La siguió por extraños pasadizos hasta que fue dejando el temor atrás y una extraña sensación lo invadió. Una sensación que ocupaba el espacio de la angustia en retirada. El dolor persistía, pero no punzaba. La sangre coagulada de sus arterias se fue oxigenando. Así, de apoco, su don se fue adormeciendo. Ya no necesitaba el alerta, la adrenalina y el filtro para el aire contaminado. Podría decirse que comenzaba a estar vivo.
Así pasó el tiempo y algo comenzó a faltarle. Llevaba unas hojas amarillentas en el saco. Vacías. Pálidas, parecían piel de un cadáver. Le dolía verlas así mudas… porque el se sentía mudo también. Poco a poco comenzó a extrañar-se. Quería escribir pero las palabras no salían. Su estómago ya no era el fusible de sus sensaciones y ya no disparaba ácido. Se sentía consternado. Evidentemente las palabras no brotaban de la vida. Sus palabras nacían de la muerte. Tenía razón la muchacha, la suya era una lengua muerta. Sentía que algo se consumía dentro de él. Día a día la desesperación crecía, pero no podía plasmarla. Las palabras que el manejaba no tenían sentido ya en este mundo... no podía comunicarlas, no podía causar terror con ellas. Sentado en su cuarto, al borde de la ventana, miraba la gente caminando despreocupada. El sol se estaba poniendo y todo se había vuelto brillantemente rojo. Miró las hojas blancas sobre la mesa. La birome seca e inerte. Pateó una silla y se puso de pie. Caminó en círculos acompañando el sol que se escondía, mientras amanecían las luces de la vereda. Los redondos focos eléctricos se confundían con una enorme luna llena. Un pensamiento crudo cruzó su cabeza, su mirada se endureció y oscureció, lo alejó antes que madurara. Sintió que su otro mundo lo llamaba, lo desgarraba… Se abalanzó sobre el cajón de la cocina, sacó un cuchillo y se pinchó las yemas de los dedos, garabateo las hojas, la mesa, las paredes... pero no lograba desangrar las palabras. Nuevamente lo azotó la idea... pero esta vez la sangre que había perdido le impedía pensar serenamente. Su razón lo traicionaba. Balbuceó un nombre entre dientes, reiteradas veces, y guardó el cuchillo en el bolsillo de su saco junto a las hojas vencidas. Se acercó a la puerta y miro hacia atrás, buscando si todo él salía por la puerta o quedaba algo más que su sangre en el cuarto. Convencido de llevarse a sí mismo, bajó las escaleras. Ensimismado en sus pensamientos no dio cuenta de la penumbra hasta que se asustó con su sombra, no por la sombra misma, sino porque pudo ver en ella su cara desfigurada. Un rictus de locura surcaba su mueca. Esquivó su sombra y le ordenó quedarse allí, en el remanso de la escalera. Descendió tanto como pudo, sintió que llegaba al mismísimo averno al pisar el porche del edificio. Miró a los costados, ni un alma en la calle... solo cuerpos. Avanzo a tientas por el camino que recorría por las noches desde su ventana. Doblo una esquina, otra más, cruzó un parque lleno de pájaros con alas, pero se encontraban dormidos en las ramas. Pisó el césped en un arranque de intento de destrucción, pero solo logró que lo invada el aroma de la clorofila que se desangraba en la suela de sus zapatos. Ya no soportaba mas esto! No podía haber lado bueno en todo lo malo! Necesitaba un poco de pura muerte, de puro dolor, pura viles humana... corrió algunas cuadras desesperado, escapando de las ganas de escapar de su idea, pero quería llevarla a cabo y se despedazaba dentro.
Llegó a un viejo edificio y subió las escaleras a zancadas. Golpeó la puerta.
- ¡Abrime! Por favor! ¡Abrime! Solo vos podes devolverme las palabras
- Es tarde! Estas bien?
La voz sonaba arrebatada de preocupación mientras se mezclaba con el traqueteo de la cerradura oxidada
- ya te abro... ¿Que te pasa?
- ¡Abrime!, necesito de vos... necesito voz.
Apenas se entornó la puerta, el esquivó velozmente sus ojos y se abalanzó sobre ella. Mordió con pasión su boca e inmovilizó sus labios. El abrazo se sentía como camisa de fuerza... un gemido, la impresión la desfiguró y sumergió en un shock. La recostó sobre el sofá. Acomodó su rostro hacia el frente... por fin sus ojos eran cuencas. La miró y se sentó junto a ella en el piso. Sacó el anotador y la birome. El olor de la sangre y las lágrimas que aun se hamacaban en sus mejillas iban nuevamente alimentando su don. Rápidamente el sofá se tiño de carmesí. El cuarto se llenó del olor a sangre que durante años lo había inspirado. Se sentían los estremecimientos de sufrimiento, podía captarlos, al igual que había hecho todos aquellos seres que vió desarmarse. Ahora sí, se dijo, y mojó la birome seca en la herida del cuchillo y volvieron las palabras, a borbotones como la sangre, con los deliciosos coágulos estilísticos que tanto extrañaba.
... Mi amor, ahora el frío de tu cuerpo y la rigidez de tus gestos me resultan mas familiares, pero me implosiona el dolor y la culpa. Siento que muero. Miles de palabras se agolpan en mis manos intentando describir esta horrible sensación que en hora buena ha venido a visitarme... te extraño y eso me desgarra.... y se que te extrañaré más cuando la sangre termine de secarse… Volvió al cementerio, dejando tras de si el cadáver deshidratado... como un vampiro post moderno, no había podido sobrevivir sin el olor a carne podrida.
La encontraron muchos días después, tirada en el sofá, entre sus manos una carta de despedida escrita en sangre. La misma sangre que cubría toda la alfombra y las paredes. Murió de tristeza, dijeron los médicos. Nunca pudo saberse la verdad y del cuarto nunca pudieron limpiar el olor a cementerio.

2 comentarios:

Pablo Terrible dijo...

Paso, solo a saludar.



Te espero por el club.



Saludos:



Pablo Terrible

Luis Alberto dijo...

Muy bueno. Te dejo mis saludos y mis felicitaciones por lo serio de tu trabajo.