
Esa vida donde la juventud y la adultez se escurren entre los números negros de los almanaques esperando los colores rojos del descanso. Un domingo, un feriado. Un día de descanso, de familia o de quehaceres en la casa.
Tampoco vi sus dientes, pero seguro faltarían, seguro estarían desgastados de años de carne dura y pan de ayer… y mate, mucho mate.
Final común para una clase. Esa que nace a la vida que ya le han digitado. La escuela, un poco de “urbanidad” y conocimientos varios para el correcto desempeño en la vida. Un poco de disciplina y respeto a la autoridad, fundamental para cumplir su cometido… obedecer, trabajar, tener una familia y así continuar una y otra vez. Una familia que generación tras generación busca en sus hijos lo que sus padres no tuvieron dejando una genealogía de frustraciones en la historia. ¡Que pronto se desvanecen las ilusiones de los cuentos de hadas! Llegar trabajosamente a la adolescencia y atravesar el umbral del mundo exterior… el trabajo, las responsabilidades. Dos pasos y la espera una fábrica que poner a funcionar, una casa de familia para limpiar, una oficina o el desempleo. A partir de allí sus años descontaran vida. Algunas alegrías momentáneas y un tendal de sueños esparcidos por el piso. Todo más adelante… Ya llegará. Pero este no es más que el último sueño que verá derrumbarse. Cuando sus huesos ya no sean firmes y sus músculos pierdan tensión. Cuando sus ojos pierdan brillo y se gasten. Cuando el paso firme quede a la retranca del andar lento e inestable. Cuando la cintura se doble ante el peso de los años. Cuando el trabajo haya consumido toda la fuerza vital y sólo quede un saco de sentimientos y recuerdos… nuevamente el umbral. Esta vez cruzarlo es morir en vida. Los años de trabajo y esfuerzo acumulado no cruzan con ella el umbral. Mira para atrás y nota que alguien se los ha robado. La estafaron. Por delante la espera la miseria de la jubilación de hambre, un servicio de salud insalubre y un banco de una plaza enrejada.
Igual camina, por sus hijos, por sus nietos, porque sabe que fue fuerte y sabe que dio todo, porque se sabe merecedora de una recompensa luego de tantos años. Un descanso de ya no correr tras los números negros del almanaque, ahora todos sus días podrían ser feriados y domingos y dormir, pasear, cocinar los fideos de los domingos al medio día para su familia. Nada, camina un tiempo hasta que se cansa. Se agota, se ahoga. La ira y la bronca ya no encuentran fuerza en los puños para blandirlos en la cara de quienes le han robado. Su boca balbucea estridentes palabras cuando escucha en la tele a los políticos hablar del bienestar social. Se estremecen sus nervios al recordar los años de trabajo, los esfuerzos dedicados, las veces que no ha vivido por cumplir. Pero su cuerpo se agotó y ya no responde. Maldice nuevamente y se cansa. Camina unos pasos y se sienta, en la esquina, a retomar aire.