jueves, 16 de septiembre de 2010

Flores de Septiembre

Sus voces suenan entre mezcladas, pero con una claridad que asombra. Unas con pañuelos enroscados en las cabezas, despeinadas de los días y noches de ajetreo entre tomas y reuniones. Otros con megáfonos enormes que a penas sostienen, con las caras manchadas en pintura negra de noches y días entre carteles y stencils. Por momentos me pierdo mirando esos ojos vivos, que miran, impertinentes, a los ojos de los periodistas que los atacan. Ojos entre nerviosos y llenos de adrenalina, prendidos fuego, un fuego con el que parecieran querer incendiar el mundo que van mirando, que miran con mirada inquisidora, cuestionadora… ese mundo que no les gusta. Algunos ojos se abrieron ante los techos de las escuelas, el frío del invierno, el hacinamiento de las aulas. Y hay otros ojos. Los ojos que recorrieron las aulas y salieron por las ventanas. Que con voz temblorosa ponen en palabras las contradicciones de la vida, y comienzan a caminar un rumbo a contra mano de las directivas escritas con tiza vieja en los pizarrones. Que bueno mirarlos a los ojos y contagiarse vida. Ver que con sus cuerpos flaquitos y aún en medio de estirones, intentan levantar la loza de cemento con que hace años taparon e intentan tapar las flores. Las flores de primavera. Las flores de septiembre. Las flores que al salir de sus tumbas llenan de nuevo aroma el aire para recordarnos, y esta vez en las calles, que los lápices siguen escribiendo.

domingo, 1 de agosto de 2010

Recuerdos cercanos de aquel tipo

Quisiera poder dibujar, con el índice en el aire, tu mirada. No tus ojos, tu mirada. Por eso debería ser con el índice en el aire. Ni acuarelas ni pinturas. Y Luego de lograrla, suspirar suave, cálido, y arremolinar el espacio en que dibuje tu mirada hasta delinear tu perfil, casi sonriéndome extrañamente

En ese orden y en esa impresión. Así te ví y crucé. Así comenzó el collar de recuerdos. Estos dos primeros.
Todo en penumbras, lleno de sombras de poca luz, de figuras que se movían alrededor. Y dentro de la amarillenta penumbra, en cualquiera de las salas que estuvieras, podía sentirte, más que verte.
Hasta que me capturaste. Me aparté del frenesí para verte desde afuera. La ventana apenas brindaba algo más de claridad de alguna bombilla perdida en la entrada. Por la reja entraban más ramas que luz. Me senté en el borde a ver, a verte… porque clave mis ojos en tu nuca y no pude moverlos cuando te diste vuelta a mirarme. No pude bajarlos, no quise… quería verte, mirarte. Solo pensaba en que tal vez no lo notaras. Cuando me di cuenta caminabas hacia mi, hacia la ventana. Por suerte estaba sentada en su borde, de espalda a la luz de la bombilla junto a las frondosas ramas.
Pero no me hablaste. Apoyaste tus codos en el borde, en el mismo borde en que yo estaba sentada, por donde entraba la luz, mirando afuera, como buscando algo. Todos tus movimientos eran lentos y casi como si pudieras sentir que estaba petrificada, que mi estomago se había fijado al marco de la ventana mientras mis ojos seguían tus movimientos. Me miraste desde abajo y sacaste un cigarrillo. NO puedo precisar si me convidaste, si me pediste fuego, o si ni siquiera me hablaste. Pero fue allí donde por primera vez vi los ojos que portaban esa mirada que me perturbaba.