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martes, 22 de marzo de 2022

Autopercepción

 - Cualquier cosa te llamamos… 

Así terminaba mi segunda entrevista de trabajo del día. Como la primera. Como las otras cuatro de la semana. Camino por Florida perdida en mis pensamientos. Pero no pienso nada en especial. Mi cabeza está agotada. Una masa gris va y viene, me lleva, me empuja. Me dejo llevar. No tengo prisa ni lugar donde ir, como si el tiempo estuviera detenido sin futuro, en un presente de incertidumbre. Los pies me pesan, los arrastro sin darme cuenta. Cada paso sin dirección duele ¿De qué manera planificar algo de la vida que se supone debo vivir? ¿Una familia? ¿Una casa? ¿Una profesión? ¿Cómo? Si ni siquiera tengo plata para pagar las fotocopias de un cuatrimestre. Un chico en bici de delivery pasa a toda velocidad, me lleva puesta y me vuelve a la realidad. Me doy cuenta que tal vez el vacío que siento es hambre. Mejor como algo antes de subirme al colectivo de vuelta a casa. Salgo a la Avenida de Mayo. Meto las manos en el bolsillo, y sólo tengo la Sube. Por suerte me quedan unos pesos para pagar desde el celu. Me pido un pebete y un vaso de gaseosa en un bar y me siento a ver como pasa la vida. Las vidas que caminan frente a mis ojos. ¡Todo es tan sombrío! Es que incluso los que están trabajando están hurgando en sus bolsillos y contando las monedas. Entra un hombre mayor enojado y dice, como si hubiésemos estado esperando su comentario, que así no se puede vivir. Y es como si nos despertaramos de un sueño. El vacío del pecho me empieza a latir. La masa gris empieza a adquirir contornos, figuras… Empiezo a ver.  Nos vemos unos a otros. Por primera vez, pero como viejos conocidos. Algunos llevan los dientes apretados. Otros, el ceño fruncido. El que está sentado en la mesa de la entrada mira hacia nosotros y grita algo sobre el FMI. La mujer de la barra golpea el mostrador y la escuchamos decidir que va a tomar el control de su vida. De un momento a otro, todo el bar se llena de reclamos y broncas. El mozo mira de reojo que el patrón no esté cerca, y nos hace un gesto cómplice. Nos miramos, algo en nuestros ojos se incendia. Mii pecho se agita y tiembla el piso. Es como si la tierra latiera. Salimos del bar para averiguar que pasa. Nos juntamos con otros en la vereda y miramos por la avenida… La niebla gris se va disipando y los rayos del sol iluminan desde la espalda del congreso con una luz que quema los contornos de cientos, miles, de figuras avanzan. Las preceden los bombos culpables de hacer latir nuestros pies. Distinguimos más ojos prendidos fuego, pero también muchos puños en alto. Marchan hacia nosotros, con la seguridad de caminar hacia un futuro. Sus pies no se arrastran, golpean el pavimento con derecho, diciendo , - ¡Aca estamos!. Y cantan… ¡Y cómo cantan! Son gritos de guerra. Conmueven todo a su paso, nos mueven a nosotros que no podemos sacarles la vista de encima, con ojos que se sacuden la lagaña del letargo. A medida que se acercan, podemos leer: ¡A las calles por nuestro futuro! Las canciones nos cuentan que es la marcha del 24 de marzo, por el aniversario del golpe cívico militar que aplicó el neoliberalismo en nuestro país. Un plan económico del cual, los acuerdos con el FMI que vemos hoy, son una continuación. 

Y comienzo a recordar que ayer nomás, resistía en esa Plaza del Congreso, la represión por manifestarme contra la reforma previsional. Comenzamos a caminar hacia ellos. Hacia las pancartas con las fotos de los 30.000 cr@s detenidos desaparecidos. Aquellos cuya resistencia quisieron eliminar las grandes empresas, los bancos, y las potencias imperialistas como Estados Unidos. Los miles de trabajadores, jóvenes, estudiantes, que no querían resignarse. Que se organizaban en las fábricas, en las escuelas, los barrios. Y me doy cuenta que tengo un futuro, porque el presente es de lucha. Que debo rebelarme y gritar bien alto, porque somos parte de esa tradición, nos paramos desde los escalones de lucha que ellos dejaron, para seguir. Y en cada cuadra que hacemos, mas y mas compañeros y compañeras se suman. Sonriendo después de mucho tiempo. Porque nos dijeron que no valía la pena. Que había que resignarse. Que las cosas no se pueden cambiar. Que sigamos esperando. Que confiemos. Nos enfrentamos solos a nuestras miserias y nos olvidamos que somos miles. Que podemos ser millones. Que hay una alternativa que se está construyendo y está en las calles. Que hay ideas, un programa, una respuesta, y que depende de nosotros. Este llamado es para aquellos que no quieren resignarse, para que se sumen, para que se organicen, porque estamos viviendo sólo una batalla… la guerra está por venir. Que desde la izquierda tenemos propuestas. Una alternativa para que sea tomada por cada compañero en su trabajo, barrio, escuela, en las calles, que debemos construirla desde ahora. 


Las marchas del 24 de marzo, para los miles que nos movilizamos todos los años, tienen origen en nuestro pasado cercano de resistencia, se continúan en un presente de lucha que se actualiza todos los años, y se inspiran en el futuro que anhelamos.

Reivindicamos  la resistencia de toda una generación, a los planes económicos del capital financiero. Porque los motivos para luchar, se mantienen vigentes. Se preparan grandes luchas contra las consecuencias del nuevo pacto con el FMI, debemos ser miles en las calles desde hoy para demostrar que no estamos vencidos.



martes, 26 de enero de 2010

Noche de verano

Las palabras se repetían insistentemente. Luego de un rato habían perdido sentido y ella no las escuchaba mas, solo las oía. En un momento una de las voces dijo:
– 35º de sensación térmica.
Ella se detuvo, como si la hubieran llamado, dió la vuelta y fijó sus ojos en la pantalla. Las 22.30, leyó…
- Parece que hace calor, pensó, y prendió el ventilador.
Imaginó la noche de azul profundo, derritiéndose como plastilina caliente sobre las casas y los árboles. Pensó que sería buena idea despejar su cabeza. Tomó las llaves y cruzó la puerta. En el pasillo notó que había olvidado su celular, pero no importaba, ya no lo llevaba a todos lados, ya no esperaba que sonara.
– Que noche hermosa, ¿no?, exclamó.
Pero sus palabras se dispersaron pesadamente por la poca brisa que corría. Ni el eco de la calle le respondió… las sombras se removieron un poco para mirarla y se acomodaron nuevamente para continuar rindiendo tributo a la luna. Dio la vuelta de rigor a la manzana y la noche no dejó de ser bella, pero lamentó íntimamente no poder regalarla a nadie.
Al término del paseo volvió a su casa y, por primera vez en muchos días, su cuerpo tuvo el acto reflejo de entrar a la cocina para armar una cena. Cocinó una carne, preparó un acompañamiento, limpió la mesa (llena de todos los restos de las cosas de la semana), colocó una vela en el hornito para llenar de perfume la casa y se sentó en la cabecera. Se rió de sí misma al ver frente a ella el salero que había colocado y que sabía que no iba a usar. Comenzaba el camino hacia una mas de las largas noches, pero ya lo transitaba con la dejadez del condenado que aun no tiene condena pero ya se encuentra en la cárcel. No sabía si era el calor, o el te de hiervas o el gran malestar de su panza, pero sus movimientos eran llamativamente lentos. Como postre, puso un poco de orden a su alrededor y se sentó a fumar. Quería que ese cigarrillo fuera eterno, ya que al terminarlo se dirigiría desanimadamente a intentar dormir, aunque ya se ha vuelto una rutina el asimilar que ese, es un ejercicio aun mas difícil que el de levantarse.
Dio las 200 vueltas de costumbre, cambió 20 veces de lugar las almohadas, hasta que al fin se animó y, tímidamente, como si no debiera, se deslizo hacia el lado derecho de la cama. En su piel sintió que aún quedaba un resto de presencia allí, y decidió gastarlo sin miramientos. La próxima noche buscaría otro motivo para dormir, hoy necesitaba descansar.
Sonó por fin el despertador, al cual deberá buscarle un nuevo nombre porque no se despierta lo que no se duerme. Sintió que un rato había conciliado el sueño, y había soñado que dormía. Pero los huesos y su espalda le pasaban factura de la falta de descanso, y su cara le resultaba ya irreconocible en el espejo.
A tientas, puso la pava en el fuego y levantó la mano para tomar una servilleta de papel. Nuevamente se sonrió al ver que ya no quedaban. Jamás pensó que se terminarían, pero así fue, una a una se desgajaron secando gotas de agua con gusto a sal sin que ella llevara la cuenta.
Se bañó intentando despertarse, de cara al agua para deshinchar sus ojos. Nuevamente la vuelta a manzana de rigor, pero casi ni se dio cuenta de haberla hecho. Se cebó unos mates de agua hervida, luego de haber puesto por cuarta vez el agua y olvidarla, y salió camino al trabajo. Era tarde, para variar. Y llegaría mas tarde aun porque, una vez mas, doblaba en la esquina que no debía doblar. Son esas cosas que no se pueden explicar. Aquella esquina que siempre olvidaba cuando debía tomarla, hoy la llamaba invariablemente y la hacía perder, cuando no debía doblar.
Es un despropósito, pensó casi enojada, dar la vuelta cuando ya no hay que darla. Prendió la radio y subió el volumen lo más alto que pudo hasta ahogar sus pensamientos.
- No debí doblar... fue lo ultimo que se escucho hasta el silencio.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Ojos sin palabras

Se miraron. Ella llegaba con toda la ansiedad de verlo empujando sus pies. Necesitaba olerlo, tocarlo, besarlo. Se paro frente a el y un frío saludo los unió por un instante. Entonces recordó el porque lo había extrañado tanto, el porqué de la ansiedad… entonces siguieron camino como viejos conocidos. Mientras compartían un mismo espacio, se preguntó una y mil veces porqué había llegado hasta ahí. Por el rabillo del ojo podía verificar que todavía estuviera allí, respirando el mismo aire y, tal vez, haciéndose las mismas preguntas.
El tiempo se había vuelto eterno, no como otras veces que estaban juntos y los minutos corrían como segundos. No esta vez. Casi podía escuchar la respiración de los presentes. Las voces le llegaban como diferidas, cavernosas. Los veía mover sus bocas y por momentos alguien lograba atraer su atención. Pero duraba poco. Se movía incomoda en la silla, revolvía una y otra vez la cartera, miraba cien veces la hora del celular que parecía estancada, como sus lágrimas.
Había corrido porque necesitaba verlo. Todos esos días la ansiedad fue construyendo una bola de angustia en su estómago. ¡Tenía tantas preguntas para hacerle! ¡Tantas cosas que decirle! Tanto que escucharlo…
Por fin salieron del lugar. Todavía se sentía el frío, y gran parte del camino el aire se mantuvo escarchado. De apoco, se soltaron. Varias veces se miraron y sin hablarse se dijeron:
- Tenemos que hablar
- Si
- Ahora?
- No, mejor después…
Cualquiera que los hubiera observado jamás imaginaría el torrente de sentimientos encontrados que recorría las venas de cada mano con la que se acariciaban, o la cantidad de palabras que encerraban las bocas con que se besaban, o los extraños brillos que escondían los ojos con que se miraban.
Entrada la noche, el cansancio comenzó a tomar por asalto sus movimientos. Las caras disimulaban, por fin, tras esos ojos rojos de cansancio, los nubarrones que los atormentaban.
Se acostaron y se abrazaron fuertemente, como si por la ventana pudiera entrar un viento tan fuerte capaz de separarlos. Entrelazaron los brazos, las piernas, las manos. El cerró sus ojos y ella dejó escapar mil preguntas por los suyos. Las lanzó a la oscuridad, al silencio de las penumbras, con la intima sensación que eso era mejor, que la respuesta fuera nada.
Hablaron toda la noche entre sueños. Todo lo que no hablaron cara a cara. No sabía exactamente qué, no podía recordarlo. Pero tal vez sus preguntas habían quedado en el aire y habían encontrado una respuesta que ella no escuchó. Se despertó cansada. Con la garganta seca. Extendió sus brazos en el aire y los agitó, espantando a los fantasmas de la noche que aun, rezagados, no daban cuenta de la luz del día. Miró la hora, todavía era temprano. Lo miró a el. Estudió sus gestos. Intentó indagar las líneas de expresión de su cara. Escuchó su respiración buscando decodificar su interior. Pero todo fue en vano. Solo le surgía una sensación al mirarlo, el querer besarlo. Finalmente se rindió, besó sus labios, acomodó nuevamente su cabeza en el hombro de él y se durmió.
El despertador la sobresaltó. Ahora si era hora de levantarse. El por fin abrió sus ojos y la miró. Una vez más ella se lamentó no poder leer su mirada. Una mirada bella, llena de tanto. Firme. Penetrante. Pero que en lugar de responder, indaga. En lugar de clarificar, pregunta. Algunas veces se volvió límpida. Llena de brillo, como relajada. Pero sólo algunas veces. Tal vez sean sus ojos los que la llenan de esa terrible ansiedad. Sabe que lleva dentro un gran dolor. Sabe que no se siente bien, lo entiende. Sabe que sus ojos no le mienten y muestran un interior que arde. Los vió varias veces al borde de las lágrimas, y ella escondió los suyos que también desbarrancaban. Y aunque a veces la lastiman, no se cansa de mirarlos, esperando que en algún momento se disipe en ellos la bruma y pueda ver por fin el sol que siente, tiene dentro.
Como no podía ser de otra manera, el tiempo ahora si pasaba rápido y ninguno parecía dispuesto a empezar el día sin el otro.
Se buscaron. Se probaron con las bocas. Se reconocieron la piel con cada parte del cuerpo que rozaron. Nuevamente las palabras se colgaron de la persiana para dejarlos sentir. El calor de sus cuerpos quebró el frío matinal. Las sombras que se escondían en el cuarto corrieron a esconderse y esperaron el momento exacto para asaltarlos nuevamente.
Se despidieron con un beso. Ella, finalmente fue vencida por el silencio que la atormentaba y dibujó algunas palabras. Sintió que la herían al salir, que arrastraban con ellas todo su interior. Perdió la elocuencia y sus ojos reaccionaron al ardor. Peleaba consigo misma. Quería hablar, quería recomenzar el día anterior… pero a la vez no quería. Más bien quería escuchar, pero el miedo a esas palabras también la paraliza.
Miedo a que esas palabras borren de un plumazo todos los gestos que fue juntando como un tesoro precioso. Pero el tiempo nuevamente corrió y el silencio, que tembló ante el inminente desenlace, consiguió algunas horas más de ventaja.
Ahora ella vuelca acá decenas de palabras, que tampoco rompen el silencio, nada mas que para engañar la espera, mientras en cada letra revive los momentos, mientras siente el gusto de su boca en la de ella, su piel suave, la temperatura de su cuerpo, y su perfume vividamente corpóreo en toda la casa.

viernes, 30 de octubre de 2009

Historias breves, de pasillos largos

I

Patea sus propias sombras sobre la dureza gris del cemento. La piel curtida, curtidísima, de los años de intemperie. Una intemperie doblemente feroz. La intemperie de la lluvia que no lava, del sol que reseca, del viento que erosiona… y de la vida.
El paso cansino denota años inverosímiles, 20 mas de los que son. Vida que pasa rápido en la piel, y demasiado lento en el tiempo. Ojos de haber visto demasiado de lo que no se quiere ver, y de haber perdido ya las ansias de ver las cosas que no le dejaron ver.
Tristeza, los surcos de sus ojos marcan el áspero camino que royeron las lagrimas de años.
Una vida no vivida. Va arrastrando los pies, como con miedo a que el piso también se caiga y termine de una vez por todas de estar colgado de la nada. Los zapatos a modo de chancletas, rinden sus últimos metros útiles. Un traje 2 talles más grande que alguien habrá entregado tras su desgaste. El pelo raído, entre cano, entre sucio, entre peinado.
Mira al suelo. Tal vez sea por la espalda y el peso de tantas mochilas cargadas. Tal vez busque algo que alguna vez perdió o le quitaron. Tal vez no quiera mirar a los ojos a los otros transeúntes, en los que encontrará miradas de susto, rechazo o pena.
Tal vez vive otro mundo en su cabeza. Tal vez decidió escapar y desconectar su cabeza.
Sólo las tripas de vez en cuando, le recuerdan que sigue a la intemperie en la ciudad de los grandes edificios y obras de bacheo en las cual ya le han dicho, no tiene lugar. Con el diario de hace una semana bajo el brazo, vuelve hablando de entrevistas de trabajo imaginarias.
Ya oscurece y enfila hacia los pasillos, donde la oscuridad le quita hasta la compañía de su sombra.

II

Desde chiquito adoptó la tierra como mejor calzado. No conoce el parquet. El piso de donde vive tiene carpeta de cemento, que termina en el umbral que da paso a un largo laberinto de pasillos que forman lodazales con la lluvia.
En su corta vida ha visto morir un hermano por diarrea. Solo recuerda el llanto curtido de la madre, casi silencioso entre los dientes apretados… y algunas palabras de un doctor diciendo no se sabe qué, del agua potable. Recuerda que sintió dolor, aunque pronto se acostumbró a que esas cosas pasaran.
Recuerda también una hermana, la más grande. La que el más quería. La que lo cuidaba a el y sus otros 4 hermanos como si fuera una madre. La recuerda y la extraña. Y a veces sale a recorrer el barrio aun buscándola. Se fue. Algunos dicen que la fueron. Una vez escucho a una vecina hablando con su madre, quien una vez más, con un llanto silencioso entre los dientes apretados, oía no se qué de una casa con muchas chicas jovencitas, de la policía que los cubría…
El la extraña. Pero su madre la extraña mas que nadie… y varias veces la vio perder la mirada en las jóvenes que pasan por el lugar, como buscándola también. Su madre también, de alguna forma, se perdió ese día.
El no sabe si llorarla o no. Ya debería estar acostumbrado a que a cierta edad la dura vida se vuelve más dura. Ya la gente no le toca la cabeza por la calle, ni le convidan galletitas. Y sabe que a las chicas les va peor.
No sabe si llorar a su hermana o agradecer que no haya aparecido aún, violada, en un zanjón.

III

No era grande. Pero el trabajo duro de la fábrica había consumido su juventud tempranamente. Es extraño escucharlo cuando recuerda. Depende el día y depende el alcohol que haya tomado.
Si está sobrio, comenta con orgullo que el fue un trabajador. Cuenta que cumplía un papel fundamental en los hornos de una metalúrgica. Que estaba casado y que con su mujer habían alquilado una casita cerca de su trabajo. Ella había dejado el trabajo que hacía para coser en la casa. Tenían todo planeado. Querían prepararse para tener un hijo. El llevaba varios años trabajando y confiaban que ya podían garantizarle lo que necesitara…
Pero siempre que llega a esta parte del relato, los ojos se le vuelven vacíos. Secos. Duros. Y la garganta se le tensa. Donde sea que esté se levanta y busca un trago. Y se mantiene callado hasta tomar por lo menos dos botellas con la mirada fija en algún recuerdo.
Cuando el alcohol le afloja los labios vuelve a la carga. Ya de manera casi incomprensible relata hechos mezclados y por su expresión, sumamente dolorosos.
El orgullo de su trabajo desaparece para relatar un accidente. Una vez habían cargado la chatarra en el horno y éste se había tapado. El fino hilo de oro de acero fundido no corría y lo invadió un profundo temor. Si la chatarra se enfriaba dentro del horno podría romperlo y tal vez el se quedara sin trabajo. Reaccionó desesperado, intentando destapar el orificio con un palo. El tapón cedió y el acero al rojo vivo fluyó con enorme fuerza. Se quemó, se quemó todo el pecho y los brazos, y mientras dice esto muestra con su camisa abierta, el paso del acero por su piel. Internado. Varios meses. Sentencia mientras cierra nuevamente su camisa. El resto del cuento nunca sale de su boca. Pero todos saben el final.
Estaba trabajando en negro. Nadie se hizo cargo de lo que le pasó. Le tiraron unos mangos y se borraron.
Su mujer volvió a trabajar, limpiando casas. Y debieron abandonar la casita alquilada para mudarse a lo de su cuñada, a una piecita en uno de los pasillos de tierra sobre los que ahora llora, solo, hablando solo y vomitando bilis.
Se toma el hígado mientras se retuerce en el piso.
Su mujer se había enterado, en el momento que el sufría el accidente, que iban a ser padres. Y no quiso preocuparlo. Ante la situación en que se encontraban, sabiendo que las cosas irían de mal en peor no le dijo nada.
El se enteró cuando fue a reconocer el cuerpo al hospital. Murió por un aborto clandestino.
Ahora el pasa sus días apagando con vino el acero que todavía siente lacerando su pecho.

lunes, 19 de octubre de 2009

Oniris

Cuenta la leyenda que Oniris habitaba en una tribu que había perdido sus dioses.
Múltiples catástrofes los habían alejado enormemente de aquellos astros que en otros tiempos marcaban los ritmos de la vida. Había sido un día en que decidieron no consultar más los oráculos y hacer sus propios destinos.
De esta manera transcurrían los días y los años placidamente, construyendo realidades.

Oniris era parte de esa tribu y bajo el sol que regaba los verdes brillantes jugaba a los cuentos. Gustaba de inventar y relatar historias lejanas, sobre aquellos antepasados supersticiosos. Tomaba sus dioses y los reconvertía, los traía al presente en extrañas formas. Los humanizaba, los bajaba a la tierra de los humanos sin sus poderes y los sometía a las vicisitudes mundanas, demostrando que aquellas antiguas creencias no eran más que fabulas. Que en cada hombre se hallaban gran cantidad de dones que se recolectaban en el camino de la vida y no en el paso por el río donde antes se creía que habitaban los no natos.
Se burlaba del dios de los vientos, de los mares, de la ira y del amor. Los miembros de la tribu la escuchaban siempre atentamente mientras de su boca las palabras se descolgaban hiladas en finas hebras de plata que se colgaban de las nubes y mecían su voz en dulces ensoñaciones.
El ritual tenía lugar por las noches, junto a los fuegos que se encendían para burlar la oscuridad que teñía de grises las praderas, aquellas mismas que durante el día eran brillantes. Allí, las cosas que eran cotidianas bajo la luz del sol, perdían sus habituales formas para transformarse en extrañas criaturas según el relato lo requiriera. Los árboles podían ser poderosos dioses que agitaban sus brazos en ataques de sobrehumana ira. Los arbustos se transformaban en los primeros hombres que se escabullían entre los pies de los dioses en sana rebeldía. Los ríos que los rodeaban, podían ser las lenguas de plata de las estrellas que bañaban la tierra de terribles maldiciones. La cosa se ponía mejor si algún animal salvaje pasaba correteando por entre los oyentes. La escena se llenaba de tensión y el viaje al pasado era una excursión inolvidable.
Las luces ocres y naranjas del fuego y el crepitar de los leños daban el toque final a relatos fantásticos que, al apagarse, se esfumaban en los sueños de aquellos que cerraban sus ojos y se perdían en un mundo de fantasía, mecidos por la dulce voz de Oniris.
Este se había transformado en el pasatiempo favorito de los nativos, como un elixir que garantizaba un sueño profundo y plácido para, con las primeras caricias de la mañana, emprender nuevas jornadas llenas de realidad.
Entre los nativos se encontraba Realis.

Realis no faltaba nunca a la cita de la noche. Y era el único que nunca se dormía abrazado a las historias de Oniris. Escuchaba atentamente cada una de las palabras y las guardaba como tesoros. Durante el día podía mantenerse despierto y en medio de los quehaceres se le acercaban muchos otros que, habiendo caído bajo el ensueño de la noche, se habían perdido el fin de alguna de las historias. Entonces el repetía una a una las palabras y los gestos que Oniris había derramado durante la larga noche.
Nunca nadie se extrañó sobre esto. Realis nunca dormía y todos los días rendía en sus labores como quien había dormido toda la noche.
Un día se desató una tormenta como pocas veces se recordaba hubiera sucedido. Ni siquiera en las historias de diluvios que Oniris había relatado se podía encontrar una referencia a semejante obra de la naturaleza. Ese día fue particularmente extenuante. Refugiar a los animales. Levantar las cosechas antes que se pierdan bajo las incansables gotas de agua que penetraban frenéticamente la tierra. Reforzar las viviendas y proteger a los niños. Todos corrían y hacían sus mayores esfuerzos para resistir las ráfagas de agua y viento. Ese día Oniris se sumó a las tareas de sus hermanos y no pudo dormir el reparador sueño diurno que le permitía pasar noches enteras sin siquiera hacer una pausa en sus palabras.
El anochecer trajo alivio a la aldea y el viento se llevó la lluvia bien lejos, dando paso a una luna enorme y rellena que llenaba de luz blanca las mesas de la cena.
Pero esa noche nadie comió. Un grupo de niños corrió a atizar el fuego de las noches de leyendas. Todos querían escuchar las viejas historias de la Mesopotamia sobre Iskur, el dios de las tormentas y la lluvia. No faltaba casi nadie en el encuentro de esa noche. Solo aquellos que, muy cansados, habían acudido a sus lugares de descanso para entregarse a un sueño reparador que no requería de relatos fantásticos.
Como era de esperar, Oniris se sentó en un rincón oscuro, reparado de la luz lunar y comenzó su relato. Como todas las noches, respiró hondo y comenzó a hilvanar hermosas palabras llenas de imágenes y colores. Cada gesto, cada descripción, recordaba en cada uno de los asistentes la jornada vivida. Como el aire se había llenado de agua tornando casi irrespirable el lugar. Como cada músculo se había tensado de sobre manera para poder enfrentar los vientos. Hablaba de una vieja leyenda en que un desierto se convirtió en un inmenso mar salado. Había transcurrido muy poco del relato cuando el fuego comenzó a apagarse, mucho más rápido de lo habitual. Las maderas húmedas competían con las llamas matándolas poco a poco. Solo un pequeño resplandor quedaba del intenso naranja y rojo que hacía unos minutos bañaba el lugar. Oniris continuaba con su relato, sin dar cuenta de lo que sucedía. Realis escuchaba atentamente, mientras observaba que todos habían sucumbido ante el cansancio y dormían profundamente. Mientras los observaba notó algo que le llamó poderosamente la atención. Las palabras de Oniris se desenganchaban unas de otras y perdían sentido.
Comenzaba a mezclar viejos relatos con relatos que Realis nunca había escuchado aún. El los conocía de memoria, y ya conocía cada uno de los dioses que Oniris había humanizado. Y sabía que algo no andaba bien en esta ocasión… El dios de las tormentas se había transformado en un dios que correteaba a los hombres distraídos y los enamoraba. Realis se acercó lentamente a Oniris para escuchar mejor, porque sus palabras se iban consumiendo casi en el borde de los labios, hablando cada vez mas despacio. Debió acercarse tanto tanto para poder escucharla que su rostro quedó frente al de ella. Podía sentir su respiración entre cortada. Oler su perfume de hierba mezclado con lluvia. Oniris estaba hablando dormida. El cansancio de la jornada le había dado una estocada profunda. Un pequeño haz de luna se filtraba por las hojas del árbol bajo el cual Oniris se había acomodado, y se acurrucaba sobre su cara, permitiendo a Realis ver cada detalle de aquel rostro que hasta ahora sólo había podido contemplar cada noche entre penumbras. Los ojos estaban abiertos, pero perdidos en algún punto en que Oniris soñaría las criaturas que estaba describiendo, casi ya en silencio. Su boca entreabierta apenas movía los labios, como en un último intento de seguir pariendo sus historias.
Realis levantó su mano y suavemente le cerró los ojos, y la acomodó sobre el piso para que pudiera descansar. La miró y nuevamente acercó la oreja a sus labios. Pasó algunos minutos mas recostado junto a ella intentando escuchar las palabras casi balbuceadas, de una historia extraña de un tal Eros, de una tal Milita, en que se mezclaban regiones lejanas del mundo bajo un mismo poder. Finalmente Oniris dejó de balbucear y dejó de resistirse al sueño que la había poseído. Realis quedó junto a ella, repitiendo muy quedo las palabras que había logrado capturar. La miró profundamente y se sintió invadido por una extraña sensación. Sabía que no debía, pero acercó sus labios a los de ella sin dejar de repetir las palabras escuchadas sobre estos dioses antes in nombrados. La besó y sintió que ella comenzaba a hablar nuevamente, en susurros. El fuego ya se había apagado completamente y la luna se escondía tras el pesado cortinado de los últimos nubarrones de la tormenta.
Por la mañana el sol volvió a templar la hierba, y secó los últimos vestigios de la lluvia. Uno a uno los seguidores de fábulas comenzaron a desperezarse para encontrase, con sorpresa, a Oniris durmiendo profundamente bajo el árbol donde colgaba sus palabras.
Se acercaron a levantarla y ella intentó agradecer el gesto, pero no pudo. Las palabras no salían de su boca. La desesperación se dibujó en su hasta entonces apacible rostro. Los nativos se miraban unos a otros estremecidos. Sólo Realis permanecía sentado a un costado, mirando la escena, sin un rastro de cansancio en su rostro.
Desde ese día las noches de la tribu cambiaron. Realis ocupó el lugar de Oniris, relatando las historias que ella le contó al oído durante esa larga noche. Oniris se sienta todas las noches cerca del fuego a escucharlo, con la mirada perdida en aquel lugar donde puede ver las criaturas que Realis humaniza. Y esa noche, el relató su primer historia. La historia sobre el alma de los hombres. Sobre las palabras que son pequeñas gotas de alma que se escapan de los cuerpos para construir hermosas ficciones y necesarias realidades. Y habló de aquel extraño dios que se escabulló entre los hombres, cansado de sus palacios artificiales, y que en un arrebato en el que se hizo finalmente humano, realizó su ultima fechoría de travieso dios, robando el alma mas bella de los sueños con un beso, con la complicidad de Toth y Agni, dioses de la luna y el fuego en aquellas viejas historias de los hombres.

jueves, 23 de julio de 2009

nada

El horizonte se ve anaranjado, traslúcido, líquido. Me desoriento hasta que abro mis ojos. EL sol golpeaba las persianas de mis párpados para despertarme. El sol de la pequeña mañana, casi dorado, mas intenso en colores en el momento en que su calor es menos intenso. El cielo se ve límpido y las nubes agrupadas como en un ballet de espuma, abriendo paso a la estrella principal coronada de oro. Todavía no puedo dar cuenta de donde estoy ni como llegué allí. Me siento tan propia del paisaje que es como si hubiese estado aquí desde siempre, desde antes de siempre.
No intento incorporarme. Las dos manos juntas, bajo mi cara, se han calcificado luego de hacer de almohada durante toda la noche.
EL resto de mi cuerpo descansa, como luego de un terrible esfuerzo, como derretido sobre las hojas que el otoño dejó desperdigadas por el suelo y la primavera aun no se llevó. Me muevo un poco y es el crepitar de esas hojas lo que rompe el atronador silencio.
Me incorporo de apoco y una suave brisa de clorofila juega en mi nariz. Proviene de los pastos recién nacidos, mas allá del radio de alcance de la copa bajo la cual me recosté. Un colchón de ocres y marrones musicales, que sirvieron para el proceso de fotosíntesis que alimentó este hermoso árbol, y seguirán haciéndolo ahora luego de muertas, desde los mas profundo de la tierra, donde calan sus raíces. Que extraño destino.
La tierra es negra, negra, húmeda y suave. Al apoyarme sobre mi brazo para contemplar el paisaje que me rodea, mis dedos se hunden en ella. Su humedad debe deberse a lluvias no muy lejanas que han saludado este paraje y dejado sus caricias de plata y mercurio, de cristales líquidos reabsorbidos por todo lo que me rodea. Tanta belleza sería imposible sin las caricias de la lluvia. Extrañamente, desde que estoy aquí, nunca vi llover…
Apoyo mi espalda en el tronco, grueso, firme, descascarado de años e historia. El viento, allá a lo alto, mueve y agita sus brazos, escucho en el corazón de la corteza el crujir de sus entrañas. Embelezada en su música, entre cierro los ojos para saludar al sol que ya se encuentra en línea recta a mi mirada del horizonte. Bajo los ojos y miro mis manos, aun cubiertas con tierra. Juego con ella entre mis dedos, la extiendo, la junto, la esparzo por la palma, la aprieto entre los dedos. Posiblemente mi cara también se encuentre pintada del tizne negro del suelo.
Estiro mis piernas y veo mis pies, desnudos, desperezarse allá lejos, girar y contornearse, apuntando al verde pasto como implorando que les permita ir allí a humedecerse con el rocío que aun se ve, a lo lejos, como un barniz de alpaca sobre los verdes arremolinados pero cándidos, aun en letargo por los restos del frío de la noche.
Los pájaros aun no se han levantado y no dibujan en el cielo. Nada vuela y nada se mueve salvo el viento.
Donde mire solo se ven verde y colores, flores que se arreglan para una nueva jornada, esperando ansiosas los insectos que las visitaran y les contaran los chismes de las tierras no tan lejanas, pero que nunca conocerán
Cuando la temperatura fue la de mi piel, me lancé a caminar por la inmensidad. La maravillosa sensación de caminar sin rumbo porque si, dándole a mis pies la capacidad de sorprenderme, de hallar lo no buscado, gratos detalles de la vida perdidos en lo cotidiano.
El pasto verde, ya desperezado y calido por el sol, amortigua cada paso. Nunca jamás calzado alguno pudo igualar la sensación que tengo ahora. Frescura de menta sube por mis venas, absorbida por cada poro de mis pies. Suaves cosquillas que vuelven sensibles las callosidades de tanto andar. La tierra fresca y aun húmeda de rocío, cede a mi camino levemente. Llego sin prisa a una orilla donde se termina el pasto y comienza un borde de piedras ámbar, redondas, asimétricas, que brillan como las piedras preciosas, pero estas lo hacen calidamente. De alguna extraña manera, no dañan, se acomodan y ruedan entre si haciendo espacio a mis huellas, como recibiéndome en pequeños abrazos que estimulan la circulación de mi sangre.
Casi no noto el contacto con el agua cálida… tímidamente baña los dedos de mis pies. Se ve brillante. Como un manto de suave tela con vetas plateadas, límpida como el vidrio mas esmerilado, deja ver sin pruritos sus entrañas de verde musgo y colores vivientes. Apenas un sonido de chapoteo, tal vez en alguna de sus orillas juegue con las piedras que la rodean.
Me adentro en ella, siento que pierdo peso, que me vacío de carne y me lleno de espuma y liquido sin densidad. Me coloco en cuclillas hasta que mi boca la besa y mis brazos se mueven a mí alrededor dibujando pequeñas olas, tocando canciones como de una vieja vitrola.
He perdido completa noción del tiempo y el sol, que juega a la mancha en el estanque, y lanza un reflejo de luz directo sobre mis ojos, volviéndome en mi.
La sensación de haberme vuelto tan liviana como el mismo aire y haberme llenado del más puro elixir. Me pongo de pie, de espaldas al aro dorado que saluda. Una vez secas, las despliego… casi no se ven. Transparentes, como de tul, mis alas se elevan por sobre mi cabeza por lo menos un metro, las veo en mi sombra proyectada sobre el verde. Se mueven ansiosas. Desde aquí arriba la belleza es aun más hermosa. Las formas verdes se uniforman en una sola con todas sus tonalidades, cortada y resaltada por algunas manchas amarillas o rojas, de flores olorosas. El estanque de agua se ve enorme,,,, hasta el horizonte, como una línea trazada por un hábil arquitecto, como al borde de derramar. Tal vez mañana podría intentar volar más allá y conocer nuevas tierras. Pensaba y meditaba la forma cuando un frío repentino, acaricia mi cuerpo y siento como si cientos de hormigas se desplegaran por mi piel. Es tan intenso que mi estomago se endurece y mis pies y manos arden, se queman. Otro frío aun peor me recorre. La incertidumbre de encontrarme ante un fenómeno que no debería ser en ese tiempo y en ese lugar.
Suavemente apoyo mis pies y como amortiguando el aterrizaje, doblo mis rodillas hasta acariciar nuevamente la tierra con mis manos. Una mancha oscura toma forma a medida que se despega de los árboles. Es una mancha uniforme. No pareciera tener ni cara ni extremidades, pero las veo. Sus ojos están clavados en mi y su boca entreabierta, como a mitad de una palabra, no emite el mas mínimo sonido, ni siquiera de respiración. A medida que se acerca, un olor agudo me toma por asalto, como si esta cosa se estuviera pudriendo por dentro. Me quedo petrificada a su espera. Sigue un camino lento, arrastrando su masa oscura. Como ido. Pasa a mi lado y solo me roza, como si yo no existiera. Lo vi perderse a lo lejos, sin poder sacar los ojos de su figura. Pude ver un resto de lo que podría ser su cabeza, bañado en un naranja brillante de atardecer. A su paso, dejó un camino marcado por el pasto podrido.
Volví en mí, me miré el cuerpo, las manos, los pies… nada había pasado.
Caminé alejándome de la orilla donde aquella extraña criatura se esfumó y allí fue cuando, sobre los verdes teñidos de vetas rojas, no las vi. Solo mi sombra. La criatura no se había esfumado, se había echado a volar con mis alas.
Me recosté junto a un árbol y lloré mares, lloré hasta casi deshidratarme, sin poder detenerlo… podría llenar decenas de aljibes con mis lágrimas. EL dolor de la pérdida solo era superado por el dolor del llanto, mis ojos se hinchan y duelen… mis costillas se doblan ante los espasmos… no recuerdo si en algún momento me alivié, lloré hasta dormirme.

Me despierto por la mañana bajo el árbol, recostada sobre la tierra, negra, húmeda y suave. Al apoyarme sobre mi brazo para contemplar el paisaje que me rodea, mis dedos se hunden en ella. Su humedad debe deberse a lluvias no muy lejanas que han saludado este paraje y dejado sus caricias de plata y mercurio, de cristales líquidos reabsorbidos por todo lo que me rodea. Tanta belleza sería imposible sin las caricias de la lluvia, pero desde que estoy aquí nunca vi llover…







lunes, 1 de junio de 2009

Sueños y tormentas

El sueño entrecortado me asalta varias veces en la noche. Me despierto con la cola de los sueños golpeándome agudamente.

Éramos varios en la sala. Tres o cuatro sentados a una mesa, como de oficina, con vidrio. Cuatro más en un sillón rojo y el resto como colocados sin querer, dispersos en la habitación. Cada grupo habla para dentro, aunque no logro escuchar lo que dicen, siento que me miran de reojo aunque me sienta omnipresente en realidad.

Solo uno no habla ni se comunica. Sentado en el medio del sillón, con las piernas entre abiertas y los codos sobre las rodillas, descansa su cara sobre sus manos mientras fija la mirada en un punto infinito. Parece muerto.

Me acerco para hablarle pero no se mueve, ni me mira. Una chica rubia sentada a su lado me mira y se sonríe. Desliza su mano sobre la espalda del hombre petrificado, le sube apenas el pullover verde por sobre la cintura y lo rasca dulcemente, sin dejar de mirarme.

Intento hablar y no me salen las palabras. La escena se ha congelado y todos voltean para verme. Ya no hablan. Sus ojos pasean desde la cintura del hombre hasta mi cara una y otra vez.

La casa era enorme, antigua, muy pero muy blanca con marcos altísimos pintados de negro, al igual que las barandas de las escaleras.

Salgo desesperada de la habitación y lo llamo. No responde.

Vuelvo a entrar y ha cambiado su posición. Ahora se encuentra en la mesa, riendo y conversando animadamente. Nuevamente intento hablarle, gritarle… pero no me salen las palabras. No quiero que nadie escuche. Le entrego en mano un celular marrón, viejo. Le digo que lo encontré y es de el. Por primera vez detiene sus ojos sobre mí y se niega a tomarlo. Me enojo y se lo pongo en la mano. No se porque se me ocurrió que era de el, solo lo sabia.

Salgo nuevamente de la habitación y entro en otra muy alta, donde no podía ver el techo. Podía inferir que existía porque una enorme araña de luces, negra, apagada, colgaba en el medio del cuarto. Bajo ella, una mesa de bronce negra con un vidrio. Reinaba la oscuridad. Todo se veía gris por el propio reflejo que emitían las paredes blancas. Una luz apagada.

Llamaba al celular e intentaba una vez mas establecer una comunicación con ese hombre. Lloraba y solo podía repetirle: - No. Esto ya es demasiado. Una cosa es que estés con ella y otra muy distinta es que delante de mí se rían de esa manera. La vi tocándote la espalda, amorosamente, delante mío, y vos no decías nada.

Completamente enojado me decía que no. – Eso no es así. ¿Dónde viste que me tocara? No quiero que me molestes más. No esta mal que me toque si quiere. Soy libre.

- Pero te estas contradiciendo. Me negas que te tocaba y después me decís que esta bien

- No molestes

- Pero me hace mal

- ….

Entre indignada nuevamente en la sala. Esta vez, todos reían sin sonido, y me miraban. Le arrojé el teléfono y le dije que no quería saber nada con el y salí corriendo.

En la calle corría agotada, queriendo alejarme de esa muchedumbre. Pero me seguían. Salieron corriendo tras de mi.

En el camino tropecé con un payaso y una bailarina, que sostenían una barra a la altura de mi cintura. Estaban bailando y para poder seguir en mi camino debía pasar bailando por debajo.

Realmente no podía entender. Lo último que quería hacer era bailar. Esa gente tan feliz danzando en la vereda y yo que simplemente quería huir. Pensé para mis adentros que pasaría igual, pero que estaban locos si creían que me pondría a bailar para poder hacerlo. Puse mi rodilla derecha en el piso, junto a mi mano izquierda, para tomar envión y seguir. Pero bajaron la barra y la tiré con mi cabeza. La barra era de hierro muy pesado y el dolor que sentía era muy agudo. Había quedado mareada y me sentía culpable de haberla tirado. Me sentía enormemente torpe y entupida. El payaso, la bailarina y la muchedumbre que me seguía me rodearon y me echaron en cara el haberla tirado, el no haberme detenido a pensar por un momento como pasar y haberles arruinado el juego. Mire a los costados buscando algún gesto de apoyo, alguien cuerdo dentro de esta locura, pero a mi lado solo tenia una vieja, muy vieja, en silla de ruedas. Entonces me di cuenta que la barra la había golpeado ella, al querer pasar y no poder agacharse, y que al tirarla me había golpeado. Una sensación de alivio me invadió y quise explicarles lo que había pasado, pero se enojaron aun más y se abalanzaron sobre mí. Esa fue la última vez que desperté en la noche, completamente angustiada.

Eran las 5 am y todavía tenia una hora más para dormir. Pero fue en ese momento donde no pude más y estallé. Lloré y lloré todo junto. La tristeza y la bronca. Ya no me importaba cuanto solucionara… tiraba de las sabanas y la colcha como si desgarrara mi propia piel. Quería arrancarla. Hundí mi cara en la almohada para ahogarme. El ya lo sabía y no me dijo. Rebotaba en cada latido que sentía en la cabeza. Lo sabía y lo ocultó. ¿Y ahora que puedo decirle? Me sentía acorralada. Todo lo construido se había desmoronado, no sentía el piso bajo mis pies como para pararme solidamente en intentar de nuevo. Aunque quería. Todo se transformaría ahora en un chantaje interno cotidiano. No molestar, no cuestionar, fingir… porque al fin y al cabo era yo la que caía en el vacío. Buscaba y me costaba convencerme de que había algo mas que no haya sido atacado por la tormenta. Me sentí rehén. Toda la casa tenía partes de él. Estaba completamente atrapada. Quería intentar pero a la vez me angustiaba un certeza… que no quería. ¿Cómo hacer? Esto era la tristeza.

Y es allí donde los pensamientos daban paso a la bronca. Justo ahora! Los últimos días había intentado liberarme, creer, entregarme sin miedo ni desconfianza. Autoconvencerme que lo que construía era sólido. Trabajaba sobre una difícil superficie de adobe que se había mojado con las tormentas, pero convenciendome que podrían surgir ladrillos de piedra donde hasta ahora había barro. No era el mejor momento, definitivamente no era. Necesitaba un poco de tiempo para pisar segura. Para sentir que no había nada que cuestionara o pusiera en peligro aquellos que teníamos entre las manos. Pero la tormenta se desató con toda su furia, arrastrando los escombros. Yo solamente quería un paraguas,

Pero no lo pensaste…

jueves, 9 de abril de 2009

Desierto

Es una historia extraña que escuché una vez de un pescador, que la escuchó de un compañero cuando intentaban distraerse en medio de una tormenta, quien dice que se la contó a su abuelo un viajero que llegó desde tierras muy remotas y que, según cuentan, luego desapareció extrañamente.
Es que te resultará extraño hijo, pero dicen que aquí antes había un desierto enorme, enorme. Un muro aparentemente compacto pero de una delicada vulnerabilidad. Arena. Arena. Arena… Granito sobre granito. Imagínalos, uno al lado del otro… otro sobre alguno… alguno pegado a otro... La mayoría estaban pintados de una suave escala de amarillo mientras que otros, destilaban color ámbar y daban, en la totalidad, un brillo especial a la superficie. Algunos perfectamente esmerilados, redondos. Otros, menos uniformes, no parecían erosionados ni gastados por el tiempo, sino más bien gestados a los golpes. Así, la masa compacta. A simple vista era como una manta rústica tejida por la historia, acomodada desprolijamente sobre la tierra. A un lado de ella, el horizonte y los cientos de cuerpos celestes. Del otro lado el infinito, y los cientos de cuerpos. -¿Pudiste verlo? Cerrá los ojos y sentí. Algunas veces el paisaje es desolador, desesperante, monótono. Otras veces se vuelve bravo y peligroso, como las peores tormentas marinas. Surge de sus entrañas la ira de los siglos y se convierte en una trampa. Algunos han llegado a decir que, agudizando el oído, se podía oír música… pero sólo algunos, no todos tenían ese don.
Sobre su espejada superficie a veces habita vida. Viajeros que llegan a su puerta siempre, sin invitación. Son pocos los que se atreven. Algunos se sienten perdidos, otros mueren de sed, otros se entregan a contemplarlo y cruzarlo sintiendo el calor en pleno rostro y disfrutando, o simplemente dan un rápido paseo, hundiendo apenas sus pies en la arena para no quemarse con ella, para no caer en la tentación de recostarse en la superficie blanda y confiarse, corriendo el riesgo de morir de sed. Así, muchos viajeros atravesaron por aquí, y dejaron huellas que el viento rápidamente borraba… otras mas profundas simplemente se fueron cubriendo con nuevos granitos de arena de nuevas rocas desgastadas, desde vaya a saber uno que lugar. En fin, a los ojos, un cielo de arena ocre casi perfecto, que convierte el verdadero cielo en mar.
La repetición de los tiempos seguía su curso. El día y la noche marcaban el ritmo de la vida abriendo y cerrando sus brazos de vacía inmensidad. Pero que un día, un viajero se perdió y se encontró en este desierto sin querer. Este viajero era distinto. Sorprendido pero a gusto, recorrió cada rincón, jugó con la arenilla, desenterró objetos olvidados en la historia, puso al desnudo cada uno de los espejismos que se le presentaron. El oleaje del arenar se detuvo ante su marcha. Lo dejo andar… lo dejó llegar a los lugares no explorados, aquellos en que la arena es mas blanda, mas blanca, mas suave, mas frágil… donde el caminar se hunde en cada paso, llegando al fondo del desierto, tocando sus nervios y los tesoros escondidos en la superficie enterrada. Transcurrían así los días, y las noches se volvían cálidas. La inmensidad recostaba gustosa de cara al sol, sintiendo las cosquillas del viajero en sus entrañas. Pero el viajero era un nómade, curioso por naturaleza y sumamente inquieto. No le alcanzó con encontrar un oasis real que no era espejismo y que el desierto le cedió luego de haberlo escondido por años. Comenzó a recorrer en círculos cada metro cuadrado, sin parar, iba y venía. Ya no dormía… solo caminaba. Como en un profundo transe, casi inconciente, hundía cada vez más sus pies en la arena, hasta las rodillas. Le costaba caminar y desgarraba el orden de la arena en cada paso. El desierto se resintió, se sacudía. El movimiento inconstante lo ponía nervioso. Intentó levantar nuevas tormentas de arena, lanzar los escorpiones más venenosos, los espectros mas horribles… pero no podía, todo intento era en vano. Había relajado sus entrañas, su inmensidad se volvía inerte. El viajero continuaba en sus rítmicos movimientos, sus febriles danzas, sus interminables exploraciones… hasta llegar a un lugar que nunca antes había visto. Algunas flores extrañas y arena más compacta le llamaron la atención. Pisó, la arena estaba húmeda. Tanto movimiento había abierto una grieta en la tierra mas profunda del mar de arena. Cansado pero extasiado por el hallazgo, cayó de rodillas y acarició suavemente la humedad. Hundió sus dedos, sus manos y comenzó a escarbar. Sacó las flores a un lado y cavó hasta llegar a un cauce de agua. Éste era un torrente potentísimo que ante la nueva entrada de aire y luz desvió su curso, arrojando al viajero de espaldas sobre la arena, pasándolo por encima, dejándolo casi ahogado. Cuando volvió en sí era de noche, una noche bien cerrada, y se encontró sobre un médano. El lugar se había vuelto frío y no emanaba el cálido dorado de antes.
Cuando pudo ver mejor, se encontró rodeado de agua. El desierto no era ya desierto. Toda su superficie se encontraba inundada de catástrofe líquida, barrosa, de granos de arena que se resistían revueltos en el agua que todo lo invadía.
El sol salió nuevamente, débil pero seguro… tal vez con el tiempo ayude a secar el agua y vuelva a ver a su compañero el desierto, para seguir jugando con sus arenas a dibujar figuras del mundo.
Mientras, nosotros podemos sentir el desierto en nuestros pies, cuando entramos en el agua. ¿Sentís como la arena estremecerse en tu piel?. El agua se agita y forma las olas que nos bañan, porque el desierto respira bajo las toneladas de agua. Todavía vive. ¿Qué porque el agua se volvió salada? Porque llora, hijo. El desierto llora desde las profundidades… Extraña al viajero.

lunes, 30 de marzo de 2009

Un cuento de otoño.



Había una vez una hoja, como casi todas las hojas… pero esta pensaba y dejó una historia que le contó a un gusano de la tierra que la transmitió por generación en generación hasta convertirse en leyenda, en un lindo cuento pero que solo unos pocos creen.
Esta hoja nació pequeña, como otros cientos de pequeñas. Amarilla. Delicada. Fue una mañana de una temprana primavera, con los primeros calores de un agosto rebalsante de frutillas. Y aunque temprano, era de las más remolonas. Los tiempos alterados de climas entreverados habían dando varias tandas de hojitas anteriores… ella, era la mas jovencita. Se desplegaba perezosa, mirando a todos los puntos cardinales. La vista era impagable, una de las ramas mas altas… El tiempo pasó y la volvió verde. Día a día se mecía en su rama, al sol, tomada fuertemente de la corteza de la rama, aferrada a la vida. El temor de soltarse de ella la despertaba en pesadillas las noches de tormenta. Se sentía tan poca cosa que el miedo era mas grande que ella. Es que ella lo ignoraba, pero cumplía una importante función en aquel frondoso árbol, al igual que los cientos de hojas verdes que la acompañaban. Todas parecían iguales, y todas cumplían una función… pero ninguna se miraba. Sólo miraban la rama, el tronco, la corteza que las ataba a la vida. Le rezaban, la aclamaban, cumplían con lo exigido. Claro, suponían que ellas, siendo tan pequeñas, dependían enteramente de ese maravilloso tronco, de ese ser gigante que podía resistir los vientos y tormentas, aquel sobre el cual los pájaros se enamoraban y construían sus nidos. Le debían la vida. A pleno sol, las ramas se erguían y las hojas agradecían al árbol el privilegio de que las haga llegar tan alto… casi de cara al cielo. Claro que aquel árbol no las alzaba al cielo ni por amor ni por bondad. Pero ellas lo desconocían. Este árbol necesitaba que ellas, como pequeños paneles solares, tomaran con sus fibras todo el sol que pudieran para así darle de comer. Ellas recibirían un poco de alimento, el suficiente como para seguir resistiendo tomadas de la rama, mientras el árbol llenaba su tronco de energía vital.

Pasaron los meses y comenzaron a sentir frío. Las hojas tiritaban de frío y de miedo colgando de las ramas. Sabían que algo extraño se avecinaba. Notaban que el árbol retraía sus raíces, algunas ramas se precipitaban con fuerza en el vacío y crujía. El sol ya no era el que era antes y se sentían débiles. El temor se apoderaba de ellas, y pedían ayuda al árbol, que no respondía a las consultas.
Algunas comenzaron a perder el color. Comenzaron a morirse, se marchitaban día a día casi sin poder evitarlo.
Así las pudo ver caer. Una a una al principio. De a decenas luego. Las veía yacer en el piso, crujiendo bajo los pies de cualquier caminante anónimo. El espectáculo mas triste era ver aquellas pocas que se resistían a caer, y quedaban agarradas por un filamento a la rama y se retorcían en el aire. La hoja temió que el tronco también se secara y se precipitara sobre la tierra… aunque no evidenciaba rastro de sufrimiento, ni hambre. Por las dudas seguía aferrada a la rama, se contorneaba formando maravillosas formas, buscando llegar a la mayor cantidad de luz posible, luchando por alimentar como fuera al tranco que la sostenía. Para que no cayera. Para que no la dejara morir. Pero el esfuerzo era en vano y comenzó a verse ocre. Sus puntas se endurecieron y quebraron. Ya quedaban muy pocas tomadas de las ramas, que se erguían al cielo como cadáveres insepultos suplicando clemencia a la muerte.
Sintió un tiron, se desprendía. Cayó suavemente sobre el piso, sobre un colchón de pequeñas hojas ya muertas hacia días. Y por fin lo vió. El tronco no moriría, ya había extraído de ellas toda la energía que podía y veía… a lo lejos, en las ramas mal altas, pequeñas cabecillas de nuevos verdes que asomaban.
Maldijo su ceguera. Maldijo no haberse soltado antes, como muchas veces soñó, para viajar a rincones lejanos, conocer otros lugares, otras hojas, y decidir donde reposar para alimentar nueva vida. Ahora se encontraba a los pies del tronco que había succionado su savia, condenada a seguir alimentando su tierra, aun después de muerta, abonando sus raíces.
El ciclo comenzaría devuelta, hasta que llegue el día que las hojas todas, aun verdes y jóvenes, se tomen de las brisas de un viento vagabundo y hagan su propio camino, abandonando al tronco que no será nada sin ellas.

martes, 18 de noviembre de 2008

TORMENTA DE VERANO

No…. El horizonte parece tranquilo. El sol ocupa su lugar, aun no muy alto porque es temprano, así que la luz llega cremosa… sin lastimar, sin quemar. Hacia atrás todo parece en su lugar también. Las nubes se desenvuelven lentas… muy lentas… el viento a penas es un suspiro que las acaricia y ellas se mesen extasiadas. Los árboles brillan a la luz del sol y compiten en colores y aromas, abren sus ramas como queriendo abarcar el mundo en una delicadeza de clorofila perfumada.
Camina por el pasto, descalza. El verde mullido hace cosquillas en mis pies. Los cardos son tan brillantes en sus flores y hojas que son fáciles de esquivar. Se acerca al borde de un arroyo y se sienta a mirarlo. El agua golpea las piedras y emana un melodía armoniosa. El sol juega y transforma el arroyo en múltiples espejos que encandilan. Se recuesta a su vera mientras juega con las piedras más pequeñas de la orilla, pero sigue alarmada. Tiene la piel erizada y algo le indica que no todo esta bien, y es ahí cuando lo nota… el silencio de las aves. No hay pájaros cantando. Mira hacia todos lados pero es imposible encontrar siquiera uno. Solo ha quedado un grillo, evidentemente perdido en la cronología del tiempo, frotando sus patas… toda la noche, toda la mañana… se han gastado y suena a lata.
Un poco de tierra entra en sus ojos que buscan, se sacude y llora un poco. Se despeina… el olor intenso de la tierra invade su nariz. El viento la golpea, la empuja, como si quisiera sacarla de ese paraíso. Todo se vuelve negro. El sol fue secuestrado del firmamento por un par de nubes negras repletas de dagas de agua y choques eléctricos. Corre y se refugia en unas matas de frambuesas. Ya le parecía que algo no andaba bien. La lluvia arremete con violencia y sacude toda la paz del mediodía. Los árboles gimen mientras sus brazos tan abiertos se cansan y se vencen, cayendo al piso en ramas todavía vivas en camino de muerte. El arroyo se transforma en una víbora de agua que devora todo a su paso. El grillo se ha callado en un llanto ahogado.
Todo bajo sus pies se vuelve barro. El piso se mueve y se resbala, cae, rueda, se encastra de tierra negra vomitada por el cielo. El frío se apodera de sus pies, de sus manos, de su cuerpo. Su cara se endurece con un gran escalofrío y pasa así las horas, hasta que deja de llorar. Los músculos de su cuerpo están tensados y cansados del llanto.
Sus ojos hinchados casi no pueden cerrarse.
Las ultimas lagrimas recorren el lecho del arroyo… su pradera ha cambiado y sabe que ya no volverán los pájaros.
Busca en su mochila sus zapatos para poder caminar en el lodazal sin lastimarse.

martes, 23 de septiembre de 2008

Letras muertas

Le gustaba escribir. Mucho. Estallaba en palabras cuando todo él se hinchaba en rabia e impotencia. Escupía paisajes, maldecía personajes, mataba a la muerte en cada párrafo que redactaba. La sangre que fluía desde su estomago a su cabeza se derramaba por sus dedos dando forma a las mas maravillosas figuras del miedo y el dolor. Como un dios, creaba la belleza del más pútrido barro. Se sumergía en los pantanos de las miserias humanas y reaparecía entre camalotes infectados con las manos llenas de colores e imágenes. Su boca, corazón y estomago solo sabían hablar con esas manos calientes y áridas de acariciar el desierto. Manejaba todo tipo de sinónimos y verbos para dar cuerpo a la angustia y el dolor. Conocía el otro lado del charco de zanja, había viajado a las pesadillas del insomnio, se había codeado con los monstruos que salen a babear las noches cerradas, sabia esconderse en los engranajes del viejo reloj de pared de madera húmeda y abichada sin ser golpeado por el péndulo, había dormido junto a los gusanos de la carne podrida y se había levantado con las moscas... y todo, todo, lo hacia bello con sus palabras. Sabía de su don, sabía que aunque agonizara no cruzaría la línea, siempre al borde del precipicio, mientras sus palabras siguieran combustiendo la basura. Sabia su don, sabia que su acido corroía los ojos de quienes lo leían, y sabia que a través de las cuencas que quedaban vacías podía penetrar las miserias de los otros y alimentarse de ellas sin que le opusieran resistencia. Sabia de su don, y temía de el.
¿Sin el? ¿Se volvería un hombre normal y corriente imposibilitado de metabolizar el cementerio del mundo para terminar entonces bajo una lápida, enterrado en vida? Aprendió a vivir entre muertos insepultos para no mirar a los ojos al sol. Salía de noche. Reptaba. Se camuflaba. Se retorcía de dolor hasta que vomitaba bilis textual. Era feliz, de alguna manera, sabiéndose con el don de saber que estaba medio muerto y mostrarle al resto un enorme espejo de letras para que se espantaran al verse putrefactos. Todo buen sentimiento cargaba una beta de ansiedad dolorosa perspectiva de fin del mundo. Rebosado en espinas con mercurio.
Los senderos profundamente marcados limitaban con cercas artificiales, de siniestro aspecto, custodiadas por espectros del pasado. Nadie osaba asomarse, fuera de la senda, se rumoreaba, las arenas movedizas te tragaban, cuanto mas te movías mas te hundías hasta ahogarte, hasta llenar tus pulmones de granitos de roca acumulados por la erosión de remotos tiempos inmemoriales. Nadie osaba caminar fuera del camino. A él le llamaba la atención. Le inquietaba el desafío y fantaseaba cada tanto con escapar al otro mundo mientras seguía sus días, riendo soberbia sobre los rostros anémicos de vida.
Todo parecía ya tan normal. Pero un día se cansó. Ya no le daba satisfacción ser un muerto vivo conciente de estar medio muerto entre los muertos vivos muertos. No le resultaba interesante, la adrenalina del límite de la locura se había evaporado y comenzaba a faltarle el aire. Necesitaba nuevos desafíos para no terminar de morir. Sentía y reflexionaba mientras jugaba con un pájaro sin alas, sentado sobre una piedra cubierta de musgo. Miró la cerca. Entornó los ojos al ver un extraño destello entre los tentáculos de los petrificados árboles que hacían de división. El desafío le resultó sabroso. Enfrentarse, salir de verdad de la senda y volver para contarlo. Su don se inflamó de soberbia extrema, el podía hacerlo. Se levantó y avanzó decidido, se abalanzó sobre la cerca y lanzo el pájaro contra el cielo, en un último intento de que aprenda a volar, antes de desaparecer tras la pared que se desvaneció a su paso. Aspiró aire profundamente, preparándose a pelear con el destino del pulmón arenado, pero ninguna arena movediza lo tragó. Se retorcía ridículamente en el piso, en arenas imaginarias, cuando una mano lo tomo del hombro y lo sacudió.
- ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
- ¿Yo? ¿Ayuda? Pronunció sin mirar la voz que le hablaba... el no miraba a nadie desde el piso.
- Perdón... me pareció...
- Gracias. Perdón por mis modales. De allí de donde vengo, hay que perderlos para poder sobrevivir. Nadie te ofrece ayuda.
Le resultó un personaje extraño. Un hombre revolcándose en el piso con lodo y musgo pegados en la piel es algo que no se ve todos los días. De todas maneras lo ayudó a levantarse mientras él intentaba zafarse de sus manos. Una vez de pié la miró a los ojos. Se sintió desnudo. Para protegerse se presentó escupiéndole un mundo de lagañas y almas penantes... pero no logró quemarla. Seguía mirándolo fijo y hasta sonreía con gesto de compresión. El arremetió nuevamente, con artillería más pesada, y le habló de la muerte, del dolor, del sufrimiento de los hombres, del destino de bacterias y hongos corrompiendo la carne. Pero nada. Sus ojos no se habían vaciado con el ácido y lo miraban fijamente, con cierto grado de sorpresa y deleite.
- Lindas palabras. Una lengua muerta, palabras caducas... pero suenan bien. Estremecen, como el mundo. Ahora me voy, si necesitas algo llamame... no somos muchos de este lado, sabrás donde encontrarme. Y yo sabré quien sos, porque tardarás en sacudirte de la ropa y el pelo la viscosidad del barro del cementerio.
Confundido, la tomó de la cintura y le pidió que se quedara. Se sintió humillado al pedirle por favor... pero necesitaba entender lo que pasaba. La luz lo mareaba y se sentía ahogado sin el olor a putrefacción colgando en el aire. La voz que le hablaba no era cavernosa y tenía hasta una pequeña melodía en las palabras. Unas luces suaves, cálidas, en cada articulación de sus labios. La siguió por extraños pasadizos hasta que fue dejando el temor atrás y una extraña sensación lo invadió. Una sensación que ocupaba el espacio de la angustia en retirada. El dolor persistía, pero no punzaba. La sangre coagulada de sus arterias se fue oxigenando. Así, de apoco, su don se fue adormeciendo. Ya no necesitaba el alerta, la adrenalina y el filtro para el aire contaminado. Podría decirse que comenzaba a estar vivo.
Así pasó el tiempo y algo comenzó a faltarle. Llevaba unas hojas amarillentas en el saco. Vacías. Pálidas, parecían piel de un cadáver. Le dolía verlas así mudas… porque el se sentía mudo también. Poco a poco comenzó a extrañar-se. Quería escribir pero las palabras no salían. Su estómago ya no era el fusible de sus sensaciones y ya no disparaba ácido. Se sentía consternado. Evidentemente las palabras no brotaban de la vida. Sus palabras nacían de la muerte. Tenía razón la muchacha, la suya era una lengua muerta. Sentía que algo se consumía dentro de él. Día a día la desesperación crecía, pero no podía plasmarla. Las palabras que el manejaba no tenían sentido ya en este mundo... no podía comunicarlas, no podía causar terror con ellas. Sentado en su cuarto, al borde de la ventana, miraba la gente caminando despreocupada. El sol se estaba poniendo y todo se había vuelto brillantemente rojo. Miró las hojas blancas sobre la mesa. La birome seca e inerte. Pateó una silla y se puso de pie. Caminó en círculos acompañando el sol que se escondía, mientras amanecían las luces de la vereda. Los redondos focos eléctricos se confundían con una enorme luna llena. Un pensamiento crudo cruzó su cabeza, su mirada se endureció y oscureció, lo alejó antes que madurara. Sintió que su otro mundo lo llamaba, lo desgarraba… Se abalanzó sobre el cajón de la cocina, sacó un cuchillo y se pinchó las yemas de los dedos, garabateo las hojas, la mesa, las paredes... pero no lograba desangrar las palabras. Nuevamente lo azotó la idea... pero esta vez la sangre que había perdido le impedía pensar serenamente. Su razón lo traicionaba. Balbuceó un nombre entre dientes, reiteradas veces, y guardó el cuchillo en el bolsillo de su saco junto a las hojas vencidas. Se acercó a la puerta y miro hacia atrás, buscando si todo él salía por la puerta o quedaba algo más que su sangre en el cuarto. Convencido de llevarse a sí mismo, bajó las escaleras. Ensimismado en sus pensamientos no dio cuenta de la penumbra hasta que se asustó con su sombra, no por la sombra misma, sino porque pudo ver en ella su cara desfigurada. Un rictus de locura surcaba su mueca. Esquivó su sombra y le ordenó quedarse allí, en el remanso de la escalera. Descendió tanto como pudo, sintió que llegaba al mismísimo averno al pisar el porche del edificio. Miró a los costados, ni un alma en la calle... solo cuerpos. Avanzo a tientas por el camino que recorría por las noches desde su ventana. Doblo una esquina, otra más, cruzó un parque lleno de pájaros con alas, pero se encontraban dormidos en las ramas. Pisó el césped en un arranque de intento de destrucción, pero solo logró que lo invada el aroma de la clorofila que se desangraba en la suela de sus zapatos. Ya no soportaba mas esto! No podía haber lado bueno en todo lo malo! Necesitaba un poco de pura muerte, de puro dolor, pura viles humana... corrió algunas cuadras desesperado, escapando de las ganas de escapar de su idea, pero quería llevarla a cabo y se despedazaba dentro.
Llegó a un viejo edificio y subió las escaleras a zancadas. Golpeó la puerta.
- ¡Abrime! Por favor! ¡Abrime! Solo vos podes devolverme las palabras
- Es tarde! Estas bien?
La voz sonaba arrebatada de preocupación mientras se mezclaba con el traqueteo de la cerradura oxidada
- ya te abro... ¿Que te pasa?
- ¡Abrime!, necesito de vos... necesito voz.
Apenas se entornó la puerta, el esquivó velozmente sus ojos y se abalanzó sobre ella. Mordió con pasión su boca e inmovilizó sus labios. El abrazo se sentía como camisa de fuerza... un gemido, la impresión la desfiguró y sumergió en un shock. La recostó sobre el sofá. Acomodó su rostro hacia el frente... por fin sus ojos eran cuencas. La miró y se sentó junto a ella en el piso. Sacó el anotador y la birome. El olor de la sangre y las lágrimas que aun se hamacaban en sus mejillas iban nuevamente alimentando su don. Rápidamente el sofá se tiño de carmesí. El cuarto se llenó del olor a sangre que durante años lo había inspirado. Se sentían los estremecimientos de sufrimiento, podía captarlos, al igual que había hecho todos aquellos seres que vió desarmarse. Ahora sí, se dijo, y mojó la birome seca en la herida del cuchillo y volvieron las palabras, a borbotones como la sangre, con los deliciosos coágulos estilísticos que tanto extrañaba.
... Mi amor, ahora el frío de tu cuerpo y la rigidez de tus gestos me resultan mas familiares, pero me implosiona el dolor y la culpa. Siento que muero. Miles de palabras se agolpan en mis manos intentando describir esta horrible sensación que en hora buena ha venido a visitarme... te extraño y eso me desgarra.... y se que te extrañaré más cuando la sangre termine de secarse… Volvió al cementerio, dejando tras de si el cadáver deshidratado... como un vampiro post moderno, no había podido sobrevivir sin el olor a carne podrida.
La encontraron muchos días después, tirada en el sofá, entre sus manos una carta de despedida escrita en sangre. La misma sangre que cubría toda la alfombra y las paredes. Murió de tristeza, dijeron los médicos. Nunca pudo saberse la verdad y del cuarto nunca pudieron limpiar el olor a cementerio.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Princesas

Dicen los cuentos de princesas que las mujeres llegan a la vida con todos los regalos de la naturaleza. Son dueñas de ellos desde la cuna. La gracia, la belleza, la fragilidad, la sensibilidad, la delicadeza, el amor maternal, el instinto protector, sus múltiples capacidades. A medida que pasa el tiempo, son despojadas de esos dones y los cuentos reposan esperando nuevas princesas. Es que bajo la almohada anida un precepto, arrullado por milenarias canciones de cuna: “me quiero casar con una señorita que sepa coser, que sepa bordar”. Al dar los primeros pasos tropezará con la muñeca con la cual habrá de practicar su mandato, mas tarde una cocina, un changuito y una escoba. Las pinturitas y los moños. Los vestidos y las medias a la altura justa. Mas tarde las lecciones sobre amor y servicio. Lo más importante será conseguir un hombre que será el padre de tus hijos y con el cual formarás una exitosa familia. Tal vez, con suerte, encuentres placer en esto. Pero lo importante es el amor y la familia.
Los tiempos han cambiado. Las mujeres han ganado espacios. Los cuentos de princesa aun se leen, pero ahora, además, la princesa deberá ser una exitosa profesional, moderna ama de casa, esposa predispuesta al trabajo fuera y dentro de su casa, sonrisa de publicidad y hasta no deberá sufrir dolores menstruales. Ni hablar de la figura, que deberá ser lánguida, esbelta, flaca pero rellena, firme pero tierna, sin arrugas pero lo mas natural posible… Esto, sólo en el caso de las más afortunadas. Otras deberán lograr estos modelos de consagración como mujer desde lugares más dificultosos. Sus cunas arrullaron las mismas canciones pero desde lugares mas lejanos. Sus primeros pasos no tropezaron con muñecas sino con pequeños hermanos necesitados de cuidados. La cocina, el changuito y la escoba son de verdad y la esperan en su precaria casa, sin pinturas ni moños, sin vestidos y a veces descalza. El amor es una palabra inexplicable, nadie le ha dicho nada de su existencia y los asaltos masculinos que ha sufrido en su temprana adolescencia le han lastimado lo más profundo del alma, pero es mujer, se hace mujer. Sus hermanos son reemplazados por sus propios hijos, y el padre de sus hijos es reemplazado por su amor y coraje, por su trabajo a destajo. El primer padre la ha golpeado. El padre de sus hijos la ha vejado. La vida la ha maltratado. El sistema la ha condenado. Todas las mañanas escapa a su trabajo, donde con la sonrisa de sus hijos entre sus lagrimas deja horas de su vida junto a una maquina, y su orgullo entre las manos del capataz. Llegan ambas agotadas a su casa.
Una trabaja de vendedora en una empresa, la otra en la línea de producción. Venden y fabrican costosísimos perfumes de los cuales nunca han disfrutado una gota, ese aroma para ellas no representa más que olor a sudor de explotación. No parece ser lo mismo para la dueña, que pasea su cuello perfumado por las oficinas de la empresa con la misma impunidad con la cual firmó el último memorando:
-Debido a la alta tasa de natalidad que se está registrando entre el personal femenino de la empresa, el directorio sugiere que las empleadas se presenten en la oficina de personal e informen sobre su situación familiar…..
Dos días después de este aviso, cuatro trabajadoras fueron despedidas por “bajo rendimiento”. Las cuatro acababan de casarse y planeaban tener hijos.
Al enterarse del destino de sus compañeras las invadió una extraña sensación de bronca y desconcierto. Volvieron a sus casas sin poder dar explicación a lo sucedido. Eran mujeres, les habían enseñado que debían ser madres y lo eran. Trabajaban para dar de comer a sus hijos…. Al llegar a la casa se sucumbieron en las tareas pendientes y olvidaron lo sucedido.
El marido de una llega por la noche luego del trabajo, come y se sienta en su sillón a ver la tele. Ella lava los platos que ha ensuciado cocinando, acuesta a los chicos y lo mira tiernamente, ya exhausta. El la mira y la lleva a la cama, mientras el la besa ella sueña con dormir y escapar junto a un príncipe azul como el de los cuentos, que la haga sentir mujer y princesa. Hace tiempo que el amor se a acabado entre ellos, pero ella no se atreve a quedarse sola, su familia no lo toleraría.
El marido de la otra también llega, mas tarde, cansado y con olor a alcohol. Luego de años de trabajo en negro en la fábrica lo han despedido sin causa y está furioso. Entra, ve a sus hijos y se estremece pensando en que no podrá cumplir con su rol de cazador y garantizarles el alimento, se desploma sin hambre en una silla. La sociedad le ha enseñado la opresión y los mas oscuro de las personas, el ha aprendido desde niño ese papel y es el que desempeña en su casa. El oprimido oprime a su mujer, y ni aun así se siente libre como todos los días le dicen que es. Ella deja los quehaceres y se acerca a consolarlo, el descarga su furia con ella. En cada moretón que dejó en su cara escupió a su patrón. Vuelto en sí pide perdón, y se disculpa en la cama mientras ella rueda desarmada como sus lágrimas.
Un par de meses después una salía de la clínica, no podía hacerse cargo de un nuevo hijo, temía quedarse sin trabajo. La otra tampoco. Entró nerviosa en la casa de una vecina, salió y entró desesperada en la casa de una amiga, salió y entró arrastrándose a una ambulancia, salió y entró de emergencia a un hospital, no salió.
“Por eso es totalmente justo que presentemos reivindicaciones en favor de la mujer. Esto no es un programa mínimo, no es un programa de reformas (…) Nuestras reivindicaciones se desprenden prácticamente de la tremenda miseria y de las vergonzosas humillaciones que sufre la mujer, débil y desamparada bajo el régimen burgués. (…) Naturalmente, no con adormecedoras medidas de tutela; no, naturalmente que no, sino como revolucionarios que llaman a la mujer a trabajar en pie de igualdad por la transformación de la economía y de la superestructura ideológica”. (Clara Zetkin, Recuerdos sobre Lenin)

martes, 2 de septiembre de 2008

camino en sueños

El camino era largo y sinuoso. Miraba para atrás y parecía nacer del medio del cielo. Un camino que tampoco era camino, una línea imaginaria sobre el piso que a penas se veía. Por delante todavía quedaba mucho más, pero el sol de frente quemaba la imagen y era imposible distinguir algo más allá de potentes ocres y furiosos naranjas.Donde estaba no había luz intensa. Era como estar parada en el límite entre el día y la noche. Desde allí todo era un azul profundo y metalizado, con una iluminación agradable pero escasa. A su lado un poste y un cartel que no decía nada. Cargaba sobre sus hombros la sensación se haber caminado siglos sin parar, sin haberse preguntado nunca donde iba. Ahora que paraba, se encontraba perdida.Un hombre mayor pasó lentamente a su lado, por fuera del camino, removiendo el polvo del piso en cámara lenta.- Buenas. ¿Podría indicarme por donde ir?- ¿Hacia donde vas?- No estoy segura- Entonces seguí por acá, (y señaló hacia el centro del horizonte de luz) Pero no mucho tiempo. En algún momento deberás saber donde vas, sino ya estarás lejos de donde se abren los caminos. Hay bifurcaciones que si no tenes claro donde vas pasaran inadvertidas ante tus ojos.- Bueno, en todo caso vuelvo y giro (dijo frescamente, con la ingenuidad del pragmatismo a flor de piel, como si fuera cosa de detalle que podría resolver después.)El viejo miró con un ojo y ladeó su cabeza y su sombrero, como escudriñando algún dejo de broma en las palabras que había escuchado. Al comprobar que eran palabras convencidas frenó su marcha, acomodó sus huesos e impostó su voz, tal vez buscando dar la seriedad necesaria a lo que estaba por decir:- No es tan fácil. Volver no es como ir. Nada nuevo en el camino te distrae ni te sorprende. Te cansas. Comienza a asomar el reproche dentro, te enojas. Muchos se han tirado al borde del camino peleando con sí mismos y, creyendo que están en movimiento al ver gente pasar, no están más que muriendo en vida allí quietos, sin enterarse siquiera.No esperó respuesta y se fundió en el fondo, como saliendo por una puerta de emergencia. O es que ya no lo vió. El miedo la había paralizado.Despertó y manoteó la libreta, tal vez pensando que en otro momento podría meditar sobre el objetivo de sus pasos. Un día, sintiéndose perdida, buscó en su libreta palabras viejas frente a las nuevas agotadas, encontró su dialogo de ensueños que tenia completamente olvidado y vió la bifurcación. Ahora sigue caminando.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Carta de un psicotico a otro

- Toda la noche corriendo, eso te pasa por dormir por un psicótico.

¿Un que? Me pregunté. Es un poco tarde (o temprano, dependiendo desde donde se mire el reloj como para preguntar). Por otro lado, mas allá del reloj, también es tarde para preguntar, acabo de despertar junto a él. Claro que, una noche, dos, cien… pueden olvidarse. Pero si digo es tarde es porque lo es. El abrazo calido y mullido acurrucó los pensamientos que comenzaban a despabilarse de apoco. Mi cabeza reposó sobre su hombro y las cavilaciones sobre la psicosis se diluyeron en las nuevas imágenes de nuevos sueños que me asaltaron.

Al mediodía, luego de los besos del despertar y las caricias de la mañana demorada… no quedaba nada de los sueños ni los diálogos. Algunas imágenes perdidas y muchas sensaciones. Verte dormir es una de mis imágenes favoritas. Tal vez porque sepa lo que significa para vos poder hacerlo, verte así relajado, casi con un dejo de sonrisa en la comisura de la boca, es un festín. Escuchar tu respiración pausada apoyado en mi pecho o tomando firmemente mi mano. Pequeños regalos que me das sin saberlo. O los ojos a medio abrir del despertar, encontrándose mientras todo el resto sigue buscando. Las pastillas de menta del primer buen día. Los malos humores de los perros y la luz del sol. Un té y la despedida. Tengo la maleta llena de sonrisas para el resto del día. No queda nada del psicótico, y alguna que otra imagen de los sueños apremiantes de corridas y escapes. Pero vuelvo aquí a pensarte. Y entonces es cuando reparo en el detalle. “Eso te pasa por dormir con un psicótico”, dijiste antes de volver a cerrar los ojos y abrazarme. Y me dí cuenta que no era la primera vez que lo mencionabas. ¿Realmente creerás ser un psicótico? Recurrí a wikipedia para ver que querías decir con eso:“Se denominan como Trastorno Psicóticos aquellas patologías en las que se presenta síntomas psicóticos como principal característica. La psicosis es un trastorno mental mayor, de origen emocional u orgánico, que produce un deterioro de la capacidad de pensar, responder emocionalmente, recordar, comunicar e interpretar la realidad.” “una pérdida de las fronteras del sí mismo o un grave deterioro de la evaluación de la realidad. El nivel de malestar que produce este trastorno es tan invasivo que perjudica de sobremanera el normal funcionamiento del individuo, paralizando su actuar y no permitiendo comportarse de manera acorde a la realidad, en ocasiones incluso, se hace necesaria la hospitalización” “Uno o más síntomas psicóticos: ideas delirantes; alucinaciones; lenguaje desorganizado; comportamiento catatónico o desorganizado”

Yo no se, pero si alguien te hizo creer que tenes un problema, no sos vos quien lo tiene. No hay deterioro alguno en tu capacidad de pensar. Todo lo contrario. Hay brillo en las cosas que decís, en tus respuestas pero también en tus preguntas. Los problemas para responder emocionalmente, comunicar o interpretar la realidad no son producto de una enfermedad. Ver la realidad en su profundidad y diversas dimensiones es una sacudida de la que cuesta reponerse. Y cada una de esas sacudidas genera en nosotros distintas formas de comunicarlas, y a veces es difícil, y a veces no se entiende. Es fácil comunicar y analizar la realidad para aquellos que la viven como espectadores. Aquellos que relatan como periodista de mala muerte la lenta letanía de la vida corriendo delante de sus ojos. Pero meterse en ella, bucear, buscar lo escondido… eso es realmente vivirla y eso es algo demasiado fuerte para los códigos existentes. La manera de actuar acorde a esa realidad no es la acorde para los demás. Toda la descripción que transcribí del síndrome psicótico es, por tanto, relativa. Tenes un toque de magia en lo que haces. No siempre fácil de comprender… pero aun ahí donde parece que hay caos existe algo más. Las notas, las palabras, derraman partes tuyas entrañablemente dulces y amargas, ácidas, hirvientes y no tanto. Tal vez deberías dejar de creer que hay algo anormal en vos, para dar cuenta de que sí lo hay por suerte. Que la normalidad es una invención de aquellos que quieren producción a escala de la humanidad. Que salir de la línea no es estar fuera, pero si. Que desde ese fuera las cosas se ven distintas y pueden chocar, pero estas en el lugar exacto para dejar volar todo lo que tenes, para que estallen las palabras, los sonidos, los colores, los sentidos. Que sos un comunicador de otras cosas y que eso a veces pesa. Vuelve como un boomerang justo al medio de la frente. La sociedad de hielo y hormigón se retuerce ante las extrañas ideas, como los gerentitos ante dadá. Hay virus, hay error, hay incompatibilidad y el programa que desea ejecutar a encontrado un grave error, su disco rígido puede estar dañado o algún archivo se puede haber perdido. Estas en el momento en que insisten con el corset. Quieren atraparte y amatambrarte, cortarte alas, pintar de gris tus ojos, cortar la irrigación sanguínea de tu cerebro y corazón. El corset invisible se transforma en camisa de fuerza si los de afuera no te entienden pero vos tampoco.

¿Duermo con un psicótico? Tal vez, pero con los ojos mas vivos y la sonrisa mas alejada de esta realidad más linda.

¿Corro de noche por dormir con un psicótico? Tal vez no, tal vez porque corro de noche es que duermo con alguien que también corre. El problema es entonces otro. ¿De que corremos? ¿Por qué correr? Tal vez la próxima deberíamos hacer la prueba de plantarnos, girar sobre nuestros pies y correr contra ellos, hacerlos correr nosotros.

lunes, 25 de agosto de 2008

El consultorio del Dr. Rhon


Se levantó de la camilla, tomó la campera y salió de la casa. Dudó un instante… afuera soplaba una extraña brisa, fría y húmeda pero sin velocidad, como si al cruzar la puerta se introdujera en una pecera de agua fría. Volvió a entrar, tomó la bufanda y un gorro y decidió no dudar hasta cerrar la puerta tras de sí. Comenzó a caminar por la calle que se movía lentamente delante de ella. Todo estaba muy oscuro y silencioso… sólo iluminaban la escena las casuales ventanas de las viejas casas que cruzaban su camino. Era una extraña sensación saber que esa luz provenía de espacios donde había vida, cuando ella sentía que todo el mundo había escapado y que era casi improbable encontrar a alguien castigando los adoquines a esa hora, como ella hacía. Podía abstraerse en esa peculiar sensación, pero sin necesidad de detenerse a ver cada ventana ni intentar espiar por ellas. Sólo estaban allí. Seguía caminando, no sabía bien hacia donde, pero sentía que la llamaba. Sentía que la llamaba sin quererla llamar… y por eso más curiosidad tenía. Giró varias esquinas, se sentó en un umbral oscuro a fumar un cigarrillo mientras meditaba si tenía sentido seguir el llamado, si existiría o solo lo imaginaba. Era entonces cuando intentaba abrir los ojos, pero nuevamente la curiosidad la obligaba a cerrarlos. ¿Qué quería que vea? Se levantó y retomó la caminata, después de todo, no se cansaba ni agitaba ni corría riesgos ya que estaba sola. Llegó a una esquina, con una casa un poco más alta que las demás, con una ventana un poco más alta que las demás y un poco más cerrada que las demás. Esta ventana sí le llamó la atención, ya que a diferencia de las anteriores, no estaba completamente abierta y no emanaba luz absoluta, sino que entornada, asomaba una luz amarrilla como de velador con pantalla ajada. Amarilla pero intensa, intensa pero que no lastimaba la oscuridad que la rodeaba. Esta sí le llamó la atención, pero estaba muy alta. Sólo llegaba a discernir una repisa con adornos, claramente contorneados. ¡Había realidad tras esa ventana! Y también sabía que detrás de ella estaba quien llamaba. Quedó un tiempo largo observando, desde el medio de la calle. Toda la fachada de la casa parecía embebida en un barniz de humedad, una muralla de piedra gris oscuro, que era difícil de ver con claridad, confundida con la espesura de la noche que se había extendido hasta rodearla, hasta anular todo el resto del fondo, dejando sólo la ventana en el campo visual.
La pared ocre del otro lado de la ventana se veía vieja pero sin rajaduras. La madera oscura de la repisa contrastaba con ese fondo claro. Parecía haber sombras que se movían. Una la llamaba, la otra no daba cuenta de su presencia. Se acercó a la casa buscando una puerta, la atravesó y la oscuridad era aun mayor. A tientas encontró una escalera. No chocó con un solo objeto hasta tomar la baranda. Tal vez todo se había esfumado, tal vez la oscuridad los había devorado limpiando el camino. No se sentía apremiada. Se había acostumbrado a vivir con las sombras y a no temerles sabiendo su debilidad ante la luz y su efímera existencia. Pero algo había distinto en esa casa. Tras esa ventana había realidad y alguien que la llamaba. Sin voz, sin sonidos… pero la llamaba. Subió un piso y llegó al umbral de la puerta, tras ella estaba la habitación amarillenta, la estantería, la luz añeja y las sombras que quería mirar. ¡Todo había sido demasiado fácil! Nuevamente se detuvo a pensar. ¿Quería entrar? Sospechaba que lo que tenía para ver era algo que no quería ver. Tuvo un poco de miedo. Intentó deshacer sus pasos pero le habían ganado de mano, sus pasos ya habían sido desechos, la escalera había desaparecido y ella flotaba sobre el piso parada en el rellano de la puerta. Un escalofrío de ira la invadió. No quería! Ya no quería entrar! ¿Y si detrás de la puerta estaban sus miedos? ¿Si encontraba en cuerpos sus sospechas? ¿Por qué la llevó hasta ahí? Tal vez para expirar sus culpas, tal vez porque era una forma de decirle lo que no quería decirle pero sabia que tenía que decir? Entonces… no eran sus miedos solamente. De todas formas no tenía sentido divagar más sobre el asunto. Estaba a tres metros de altura sin poder bajar y frente a una puerta. Estaba a punto de despertar, no podía hacerlo en medio de la nada, llevándose nada… aunque supiera que del otro lado había realidad. Finalmente decidió entrar. Buscó el picaporte y no estaba. Nada… ni una hendija, ni cerradura siquiera para espiar. La puerta era de maciza madera oscura, absolutamente cerrada. Comenzó a empujar con todas sus fuerzas, cada vez que tocaba la madera sentía que estaba del otro lado llamando… Se sentó rendida en el piso, con la espalda contra la puerta intentó escuchar, pero sólo hablaba el silencio.
- No puedo entrar, no hay manija. No, no hay. Ya busqué. Tanteé cada centímetro y nada, solo un par de clavos o algo así sobresaliendo. Abrí vos del otro lado… si que podes. ¿Tampoco?
Destellos de luz borraban por momentos la escena y sentía que era absorbida, pero al instante volvía a aparecer. Por un momento de desesperó, pero claro… que podía hacer, ella misma había borrado la manija de la puerta para no entrar, después de todo era su sueño… y no era el momento. La luz se abrillantó de golpe hasta molestar sus ojos cerrados.
- Ya está. ¿Te dormiste?
- Si… un poco. Hace frío. Bueno. Gracias, hasta el próximo viernes.
- Adiós. Cuidate.

miércoles, 20 de agosto de 2008

SUEÑO DE ESCAPE 2

¿Una nueva oportunidad? Se abrió ante su figura la noche mezclada con la oscuridad y el brillo de los tibios faroles. A sus pies, una calle amplia de adoquines, húmedos, grises tornasolados de pequeños reflejos. Caminaba como sabiendo a donde ir, sabía que era una madrugada sin sol. Sus pasos retumbaban vaya a saber donde, lo que le indicó que la inmensidad debía de estar flanqueada por algo que le daba fin. Llegó a una esquina y escuchó música, risas, gritos, y una voz de altoparlante invitando a acercarse.
- Chicos, chicas! Vengan a festejar el día del niño! Hay premios y sorpresas, y
mucha música para cantar y bailar.
¿A quien se le ocurría festejar el día del niño un domingo de madrugada, con frío y fuera de fecha? Conocía la voz y le sorprendió. Caminó en diagonal a la plaza para espiar. Vió decenas de cabezas no muy lejos del piso con globos de colores, binchas, colitas, trenzas, flequillos y risotadas. Todos parecían muy felices sin dar cuenta de lo bizarro de la imagen. Sentados en círculo alrededor de nada. El animador animaba, incansable, aunque no lo escucharan. Ella se sentía invisible, sabía que nadie le prestaba atención ni daban cuenta de su presencia. También estaba la muchacha de voz angelical que, a pesar de posar su vista sobre ella, tampoco la vió. Protegida por la impersonalidad de la oscuridad y la nube onírica, hizo un breve paneo para tomar la escena de conjunto, apretando el abrigo para defenderse de la fría humedad. Sus ojos recorrían lentamente todo lo que se movía, pero nada tenía cara, de alguna forma todas eran espaldas. Una bruma gris los rodeaba y todo parecía estar en un universo paralelo… Tal vez ella solo estaba mirando el sueño, todavía medio despierta. Terminaba el recorrido cuando sus ojos toparon otros ojos. Eran los primeros que la miraban fijamente. Amplió el foco de visión para ver el cuerpo que acompañaba los ojos. Otra vez él. Lo temía… todo el resto de la escena quedó congelada como una gran escenografía de sonrisas paralizadas, igual que ella. El se despegó del fondo y adquirió vida fuera de la bruma. Se acercó sonriente.
- ¿Qué te parece lo que organizamos? Parece que la están pasando lindo ¿no?
- Si si, claro… muy divertidos. Estaba completamente perpleja. Era una trampa. Una horrible trampa que ella misma se había tendido. - Igual es tarde, yo me tengo que ir. (Quiso tomar distancia e irse, pero el pasó su brazo por sobre sus hombros y la abrazó. Sonaba desmedidamente amable, alegre.)
- Que bueno verte otra vez. Vamos a dar una vuelta, vamos a charlar, estuve pensando muchas cosas y quisiera compartirlas con vos.
- Es que se me hizo tarde, Tarde para que? Pensó ella. Es un sueño y no hay tiempo. Es una madrugada sin sol, es decir, no es. Era como un agujero en el tiempo, donde la realidad se dobló casi hasta quebrarse. Le sonrió y cruzaron la calle interminable. Llegaron a una oficina, o eso parecía, de paredes de vidrio y cientos de cosas arrumbadas unas sobre otras… Ya a esta altura nada la sorprendía. Dos sillones mullidos pero sucios y una silla en la esquina. El se acomodó en el sillón de espaldas a la pared y frente a ella. Ella se sentó, pero sin acomodarse. El comenzó a hablar. Ella lo miró hasta que perdió noción de las palabras. Veía que gesticulaba, su boca se abría y cerraba, indudablemente seguía hablando, pero ella no escuchaba. Por un momento volvió a mirarlo y llegó a entender que le decía: -33x33, 7x7… Le pareció sumamente incoherente y siguió reconociendo el lugar, viendo todo como desde lo más alto de la habitación. Volvió a dejar de escuchar, se había perdido en un detalle que le llamaba la atención. Casi llegando al techo colgaba un portero eléctrico con innumerables timbres. Incontables. Toda la penumbra de la habitación se perdía en la potente luz que enfocaba la imagen. Pudo ver que los timbres no tenían números, solo una palabra que se formaba en hilera descendente a la izquierda del tablero, en brillantes colores verdes, rojos y amarillos. Alcanzó a leer: Hippie pasá he!
¿Que querría decir eso? Pensaba y buscaba explicaciones. El interrumpió su parloteo cuando por fin la vio perdida. Se recostó sobre sus piernas buscando su atención. Ella fue volviendo nuevamente y llegó a escuchar:
-Estuve releyendo todo lo que me escribiste. Y pensé mucho sobre lo que decías…
(Esta confesión la conmovió.)
-… y pensaba en nuestra relación. Era una extraña relación pero linda, libre, y aunque pasaran cosas y el tiempo, ahí estaba. Y la pasábamos bien…
El frío comenzó a ceder y la luz se hizo más blanca. Ella lo miraba confundida, regocijada. Era una tentación muy grande. Esto era más fácil… dejar las cosas fluir en algún sentido incierto. Sin sentirse compelida a pensar, a actuar, a definir… solo estar. Sin miedos. Sin fantasmas ni titubeos. Sufriría, seguro, pero siempre podría echarle la culpa a el y salir eximida, sin responsabilidades… A medida que pensaba su mano, como con vida propia, se fue a posar sobre la rodilla de él que seguía hablando. Se calló. Detuvo sus movimientos, la miró fijo y la tomo por la nuca. Sintió su respiración muy cerca. Los ojos de él brillaban. Lo había logrado… La había convencido de volver a ser antes y revivir lo no vivido. De estar siempre huyendo parada sobre lo gris de la inexistencia. Zambulléndose en lo superfluo, no llegando nunca nada, no teniendo nada entre las manos. Esta vez no fallaría. Cuando la besara ya estaría abierta la grieta… ya nada sería igual.
Un ruido los sorprendió. El vidrio que simulaba una pared estalló sin astillarse, y el se abrió paso en la habitación. Ocupó la silla vacía y los miro, uno por vez, con ceño fruncido. Vestía la misma ropa que llevaba ese día fuera del sueño, su pantalón azul, remera blanca y campera de jean. Casi podía describir cada detalle, menos esa cara de enojo que jamás había visto. Los rulos caían sobre su rostro y le daban sombras especiales. Se inclinó sobre el y lo apartó de ella. Lleno sus brazos de cosas y le dijo:
- Acá estoy. Me demoré, llegué tarde, me entretuvieron. Me mandaste a buscar lo inencontrable para alejarme, para distraerme. Pero acá estoy. Ella ya no quiere escapar, quiere lo que quiere y no lo que puede o lo que hay.
Ella se despertó abruptamente, en ella y no en otra. Seguía allí, no había escapado. Sonrió y volvió a dormir. Esta vez al cerrar los ojos su sueño comenzó con los rulos en su nariz.